“Carta de Ana”
Y el parto les pilló
durante el viaje. Mira que se lo dije, le recordé cien veces que no estaba en
días de andar por los caminos.
-¿Y qué quieres que
haga?- me preocupó su gesto de cansancio, la mano sobre el vientre y los ojos
muy lejos- No puede marchar solo con el campo infestado de soldados romanos.
Con su mujer al lado, y más si está preñada, todo será más fácil.
Y la entendí,
claro que la entendía, era mi hija. La misma que aceptó quedarse embarazada en
unas circunstancias nada fáciles. La
misma que marchó por los caminos para ayudar a su prima en los días más duros
de una preñez tardía. Pero temí por ella, se revolvió mi vientre repleto ahora
de miedo. El miedo de los años, de todo lo vivido, el miedo que se adquiere con
los partos, la alegría infinita de traer una hija al mundo, deja en el vientre
el miedo. Pero el miedo era mío y lo suyo era el viaje.
Le preparé
pañales, envoltorios, una manta, miel, queso. Me miró sonriendo…
-Siempre
igual… ¿No te he dicho que muy pronto habré vuelto? No va a hacer falta nada…-
pero se llevó el hato, no sé si todo, al menos una parte.
Y el parto les
pilló durante el viaje. No creáis lo que os cuenten. Ni mi hija y José
estuvieron solos, siempre hay una mujer al lado de otra cuando ocurre ese
trance, ni mi nieto permaneció desnudo.
En el momento de llegar al mundo le esperaba el calor del pecho de su madre,
las manos de José que lo abarcaban, que se sentían torpes, tan fuertes y tan
diestras a diario, para dar el amor que sentía dentro, le esperaba el calor de los vecinos… y
tenía el envoltorio que preparó su abuela, o parte de él al menos…
Pero yo no estaba
allí. Y cuando no volvían, cuando caía la noche cada tarde, en estos días de
invierno… pensaba en los caminos, en los salteadores, en los soldados ajenos o
propios, en mi hija, en mi hija de parto, en mi hija fuera de mi vientre, fuera
de mi casa, fuera de mi pueblo…
El día que volvieron
fue la fiesta. Volvían polvorientos y cansados. Soñando con lavarse y con comer
caliente. Sentí como una fuerza me invadía y expulsaba el miedo. Ana, ni un
reproche, me dije. Los abracé llorando de alegría. El pequeño mamaba todo el
rato del pecho de su madre.
Los dos se atropellaban para contar los días
transcurridos: el parto, unos días de reposo, las visitas que les habían
llegado…el paso por el templo, Jerusalén les quedaba tan cerca que merecía la
pena pararse a dar las gracias. Y en el templo encontraron a gente que les dijo
que su hijo iba a ser alguien grande…
Los abracé llorando de
alegría. Era su vida. Su momento. Decidían juntos y lo hacían bien. Me sentía
tan orgullosa de ellos… Mi nieto, tan chiquito, se dormía en los brazos de su
padre. Joaquín, ya veis, loquito con el niño.
María, navidad de 2012