martes, 21 de diciembre de 2021

MI ABANDONO DE LA IGLESIA CATÓLICA

 Mi solicitud de abandono de la Iglesia Católica fue algo tan burocrático que me encontré con la necesidad de escribir sobre mi vivencia y mis sentimientos ante esa decisión. Es la carta que hubiera querido mandar al Obispado de Getafe... pero... ¿Para qué?


MI ABANDONO DE LA IGLESIA CATÓLICA

 

Se me hace difícil escribir sobre esto. Para empezar, ponerle un nombre al documento, no hay uno que me cuadre, a ver si lo consigo en el curso del escrito.

Hoy he presentado la documentación para salirme de la Iglesia Católica.

En la hoja que he bajado de internet se dan unas razones que no son las mías. Yo no estoy de acuerdo con bautizar niñxs, de hecho, no lo hicimos con nuestras hijas; pero no echo en cara a mis padres el que  lo hicieran. Era su momento y era lo que ellos creían que tenían que hacer, su modo de quererme y de cuidarme.

Durante años me sentí a gusto en su seno, con la educación que estaba recibiendo no podía ocurrir otra cosa.

 En la juventud tuve la suerte de encontrar personas críticas que me enseñaron otra forma de vivir mi espiritualidad, despojándola de cuentos y mentiras, alojándola en la vida y relacionándola con el amor y el respeto a mí misma y a los otros, la solidaridad y el compromiso.

En aquel momento, principios de los años 70, yo creía firmemente que todo esto podía vivirse desde dentro de la Iglesia porque me acompañaban personas que estaban en ese mismo lugar y yo tenía confianza en que la institución cambiaría.

Han pasado muchos años y he visto muchas cosas:

He visto como se ignoraba, represaliaba… se hacía daño, en definitiva, a las personas que me enseñaron a crecer espiritualmente. Los he visto llorar, retorcerse de dolor ante decisiones de la jerarquía, desde echarles de sus parroquias a negarles un matrimonio cristiano.

He visto salir de mi parroquia y de las parroquias conocidas y de los movimientos cristianos a las personas de las que yo me fiaba, las que me enseñaron a crecer, y he visto como resurgían las consignas y las prácticas religiosas de mi infancia, la decoración y los rezos. Volvía todo aquello que, a la luz del Evangelio y con la ayuda de esas personas, yo había sacado de mi vida.

He tenido que salir de dos parroquias, llevo más de cuarenta años reuniéndome con mi comunidad cristiana en centros culturales o sociales, domicilios y locales diversos. La jerarquía eclesial me ha dejado claro en múltiples ocasiones que mi forma de vivir el cristianismo me dejaba fuera de sus márgenes.

He vivido como la iglesia sigue considerando a las mujeres creyentes de segunda, relegándolas a labores domésticas, yendo a la zaga incluso de una sociedad que ya las discrimina bastante. No es la iglesia madre amorosa para ellas sino una mano más dura que la propia sociedad.

He visto como la iglesia raramente reconoce sus errores y más raramente aún pide perdón por ellos y compensa a sus víctimas.

Todo esto me ha ayudado a llegar a la conclusión de que mi ética personal me impide seguir perteneciendo a una institución que no me quiere, no me representa y no me ayuda a crecer como ser humano.

Por otra parte, mi ética ciudadana me impide pertenecer a una institución que utiliza recursos económicos comunitarios para financiar sus actividades, que extiende sus tentáculos interviniendo en política, en educación, en relaciones internacionales… y que no duda en poner a su nombre cualquier bien público que esté a su alcance.

Por tanto, hoy, 21 de diciembre del año 2021, he mandado al Obispado de Getafe la carta con la documentación necesaria para pedir mi salida oficial de la Iglesia Católica como institución.

No es un momento alegre, no lo vivo como una liberación, es más bien un desgarro, pero ya la vida me ha enseñado que cuando algo me hace daño, con todo el amor y la paz del mundo, tengo que apartarlo de mi vida. Y sigo teniendo clara la enseñanza “Sacudíos el polvo de vuestros pies”( Mateo 10, 14)

Tengo muy claro, y así de claro me gustaría expresarlo, que mi renuncia consiste en exclusiva en la pertenencia a la institución. No renuncio a mi vivencia espiritual, esta se ha ido enriqueciendo a lo largo de mi vida con múltiples aportaciones, pero tiene muy cerca de su base los valores que predicó y vivió Jesús de Nazaret, valores y persona sobre los que no creo que ninguna persona ni institución tenga el monopolio.

No renuncio a mis amigos y amigas, ni a ninguna persona buena, honrada y comprometida que haya decidido seguir en el seno de la iglesia. Les respeto como sé que me respetan y les quiero como sé que me quieren. Quizá ellxs consigan el cambio que yo no he tenido fuerzas para seguir esperando. Sería la primera en alegrarme del giro que me permitiera ver la sombra de Jesús sobre esta iglesia, pero confieso mi falta de paciencia y esperanza.

No renuncio a seguir en mi comunidad cristiana si ellxs me siguen admitiendo, cosa que no dudo, no renuncio a Dios/a, ni a la oración, ni a aquellos ritos que me expresen como mujer semilla en búsqueda.

Me voy, en definitiva, triste, pero en paz. Con dolor y con agradecimiento.

 

                 Móstoles 21 de diciembre de 2021

 

 


1 comentario:

  1. Muy respetable tu decisión y tus razones para hacerlo. Quizás demasiados compartimos tus vivencias pero algunos que piensan así también deben quedarse. Que haya socios que aporten otra perspectiva puede estar bien tambien.

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  Nunca pensé hablar contigo ─Creo que querías hablar conmigo… ─Así es. Siéntate, por favor, que esto puede ser largo. ─Pues tú dirás....