jueves, 20 de diciembre de 2012

CARTA DE ANA

 

                “Carta de Ana”

Y el parto les pilló durante el viaje. Mira que se lo dije, le recordé cien veces que no estaba en días de andar por los caminos.

-¿Y qué quieres que haga?- me preocupó su gesto de cansancio, la mano sobre el vientre y los ojos muy lejos- No puede marchar solo con el campo infestado de soldados romanos. Con su mujer al lado, y más si está preñada, todo será más fácil.

        Y la entendí, claro que la entendía, era mi hija. La misma que aceptó quedarse embarazada en unas circunstancias nada fáciles.   La misma que marchó por los caminos para ayudar a su prima en los días más duros de una preñez tardía. Pero temí por ella, se revolvió mi vientre repleto ahora de miedo. El miedo de los años, de todo lo vivido, el miedo que se adquiere con los partos, la alegría infinita de traer una hija al mundo, deja en el vientre el miedo. Pero el miedo era mío y lo suyo era el viaje.

        Le preparé pañales, envoltorios, una manta, miel, queso. Me miró sonriendo…

        -Siempre igual… ¿No te he dicho que muy pronto habré vuelto? No va a hacer falta nada…- pero se llevó el hato, no sé si todo, al menos una parte.

        Y el parto les pilló durante el viaje. No creáis lo que os cuenten. Ni mi hija y José estuvieron solos, siempre hay una mujer al lado de otra cuando ocurre ese trance, ni mi nieto permaneció desnudo.

En el  momento de llegar al mundo    le esperaba el calor del pecho de su madre, las manos de José que lo abarcaban, que se sentían torpes, tan fuertes y tan diestras a diario, para dar el amor que sentía  dentro, le esperaba el calor de los vecinos… y tenía el envoltorio que preparó su abuela, o parte de él al menos…

Pero yo no estaba allí. Y cuando no volvían, cuando caía la noche cada tarde, en estos días de invierno… pensaba en los caminos, en los salteadores, en los soldados ajenos o propios, en mi hija, en mi hija de parto, en mi hija fuera de mi vientre, fuera de mi casa, fuera de mi pueblo…

El día que volvieron fue la fiesta. Volvían polvorientos y cansados. Soñando con lavarse y con comer caliente. Sentí como una fuerza me invadía y expulsaba el miedo. Ana, ni un reproche, me dije. Los abracé llorando de alegría. El pequeño mamaba todo el rato del pecho de su madre.

 Los dos se atropellaban para contar los días transcurridos: el parto, unos días de reposo, las visitas que les habían llegado…el paso por el templo, Jerusalén les quedaba tan cerca que merecía la pena pararse a dar las gracias. Y en el templo encontraron a gente que les dijo que su hijo iba a ser alguien grande…

Los abracé llorando de alegría. Era su vida. Su momento. Decidían juntos y lo hacían bien. Me sentía tan orgullosa de ellos… Mi nieto, tan chiquito, se dormía en los brazos de su padre. Joaquín, ya veis, loquito con el niño.

 

                                                  María, navidad de 2012

 

1 comentario:

  Nunca pensé hablar contigo ─Creo que querías hablar conmigo… ─Así es. Siéntate, por favor, que esto puede ser largo. ─Pues tú dirás....