domingo, 23 de febrero de 2025

 

Nunca pensé hablar contigo

─Creo que querías hablar conmigo…

─Así es. Siéntate, por favor, que esto puede ser largo.

─Pues tú dirás.

─A ver, no nos engañemos, tú sabes que esto no puede seguir así.

─ ¿Qué es lo que no puede seguir así? ¿Piensas dejarme tirado después de casi setenta años? ─me grita─. Te he sido fiel, he vivido para ti y te he mantenido viva y segura. No entiendo que ahora me vengas con reproches, que intentes tirar por la borda una relación de tantos años que nos ha hecho bien a los dos. Eres una inconsciente si piensas que puedes prescindir de mí.

Siento su ira, me llega a la piel, se funde con ella como si fuera algo pegajoso, pero no puedo dejarme intimidar. Necesito, por el bien de los dos, hacerle entender el cambio que pretendo. No puedo dejarme llevar por el miedo a su cólera. ¡Pues estaría bonito!

─Entiendo tu enfado, si aquí hay una culpable, esa soy yo. Te he dejado llevar la voz cantante, actuar a tu antojo. No he sido un ama responsable y mi dejación nos ha perjudicado a los dos. Yo he bailado al son que tú tocabas y tú te has hecho tan rígido que no me dejas vivir.

─Pues yo te veo viva, luego he cumplido con mi obligación.

─ ¡Eso no me basta! Necesito que aprendas a usar caminos nuevos para que yo pueda vivir de otra manera.

─No comprendo nada de lo que dices. ¿Qué es eso de caminos nuevos?

No puedo discutir con él, argumentar es su terreno. Respiro y me despego de su enfado y de su incomprensión. No puedo perder de vista mi deseo: Tengo que escucharme a mí misma, quiero escucharme a mí misma, voy a escucharme a mí misma. No entro en justificaciones, ¡pues estaría bonito!

─No necesitas comprender nada. Toma nota. No he tomado las riendas hasta ahora y eso te ha permitido llenarte de automatismos. Ante cualquier situación nueva, ante cualquier reto, siempre activas los mismos recursos: la preocupación, el miedo, la incapacidad para seguir… y yo me he comido todos estos años la imagen de persona preocupada, miedosa, incapaz. Pero me he dado cuenta de que yo no soy así, yo puedo ser de muchas maneras si cuento con los colaboradores adecuados.

─He evitado que te pasaran cosas malas.

─Sí, claro, para ti el que yo me preocupe, el que me estanque en una emoción y no sepa salir de ella, el que me dé miedo enfrentarme a nuevos retos; no es una amenaza, no me mata. Eso es para ti y sirve mientras mandaste tú, pero eso se ha terminado.

Respiro hondo para darme fuerza. Veo en su expresión que está desapareciendo la ira y que se va sintiendo inseguro.

─Pues tendrás que explicarme en que va a consistir mi trabajo de ahora en adelante. Si ya no quieres que te cuide advirtiéndote de los peligros…

─Pues claro que quiero que me cuides, pero trabajando bien, olvidando los automatismos, saliendo del continuo estado de alerta al que me tienes sometida. Mueve el culo, hay áreas tuyas que están sin estrenar, tienes que aprender a usarlas en función de lo que yo vaya necesitando. Quiero que me muestres los peligros, pero también las oportunidades; que, ante situaciones nuevas, me ayudes a salir de emociones estancadas, que sepas trabajar para mí y me aportes recursos que me lleven a estados constructivos.

Cada vez me siento más segura. Siento lástima por él, está descolocado, se siente destronado y eso debe doler mucho, pero no puedo ceder, tengo que dejarle las cosas muy claras. Y tampoco pienso darle demasiadas explicaciones. Tan solo que entienda quién manda aquí.

─Tranquilo, nadie va a salir perjudicado con este cambio. Los dos vamos a aprender. Tú, a hacerte flexible y ponerte a mi servicio. Y yo, yo, mientras esté viva continuaré aprendiendo, de todo, entre otras cosas, a ser yo la que manda, a diseñar mi vida, y a no dejarme manipular por nadie, y menos por mi propio cerebro. ¡Pues estaría bonito!

María Prieto               Móstoles, a 21 de febrero de 2025

 

Los jardinillos 2

El Ángel, el mayor de los muchachos, estaba haciendo el servicio en Madrid. La primera vez que volvió de permiso, nada más verme, me lo contó:

─Padre, he hecho el curso de cabo. Usted sabe que a mí me gusta estudiar. En el ejército tengo un sueldo y si estudio puedo subir.

No le contesté, escupí en el suelo algo agrio que me vino a la boca y me eché un trago de vino.

─Ya ves, Juliana, que se va el primero, que en cuanto ha sacao la cabeza del nido dice que se queda por ahí. Pa eso cría uno a los hijos, pa que luego no te miren a la cara.

─Padre, nací el 4 de julio y ese verano lo pasé en el rastrojo. Desde que pude coger un botijo, hacer un recado o empuñar la hoz, no he dejado de trabajar. No creo que tenga usted queja hasta ahora, pero ya no quiero seguir aquí. Me he apuntado a un curso de radio y al de sargento.

─Vaya, sargento, eso es más de lo que conseguí yo haciendo la guerra. Muy alto miras tú.

Me eché otro trago que ya me supo mejor, mientras raspaba con la navaja una tajailla de bacalao crudo con un cacho de pan.

Volvió al verano siguiente, ya sargento, enseñando orgulloso los galones. Pero ahí había algo que yo no sabía lo que era. Me miraba de reojo y luego miraba al suelo y se ponía serio. Estuvo montando una radio de galena. Yo le veía to el día, mirando sus libros y las piezas que trajo en una caja. Cuando aquello funcionó, que se oía como cantaban y daban el parte y to, medio pueblo pasó a verlo. Pero no estaba contento, me miraba, abría la boca pa decir algo y luego se callaba.

Una mañana se vino conmigo a la viña. Estuvimos cavando un rato y luego nos sentamos a tomar un vino.

─ ¿Se puede saber qué puñetas te pasa?

─Tengo novia, padre.

─Ya me lo han dicho, que andas hablando con la Isabel, la de la tía Julia que está sirviendo en Madrid.

─ Quiero casarme con ella. Pero la tía Julia dice que usted firmó para que mataran a su marido.

─El Peñato. Le mataron por rojo, ya lo sabes, como a muchos. Él solo se lo buscó.

─Me da lo mismo lo que hiciera o lo que no. Quiero a su hija, y su hija dice que, si usted firmó, no hay boda.

─Yo que voy a firmar, carajo, que voy a firmar yo… Su mala cabeza es lo que lo mató.

─ ¿Me lo jura, padre?

─Que haya ganao uno la guerra pa que ahora su hijo le pida juramentos…

─Ni mi novia ni yo hicimos esa guerra. Su padre la perdió y ella le perdió a él. Usted dice que la ganó, pero no veo yo las ganancias por ningún sitio.

─Jurao queda, si eso es lo que quieres. Y mira bien con quién te casas. Que si empieza tan pronto con esas exigencias… a saber dónde va a llegar la señoritinga.

─Pues si usted lo jura, se acabó el tema. Nos casaremos en marzo, aquí en el pueblo. Y de esto no se vuelve a hablar.

Joder con el sargento de los cojones. Vaya con lo que se traía entre manos. Y yo qué sé si firmé o no firmé o lo que firmé… Si en esos años pa poder trabajar había que estar a bien con los que mandaban. Si los pobres es mejor que no tengamos orgullo. Ni memoria…

 

María Prieto                       Valencia, 25 de enero de 2025

 

 

 

 

 

 

 

Los jardinillos

Hacíamos palería en el invierno, cuando no había trabajo. ¿Tú sabes lo que es hacer palería? Metidos en el río, limpiábamos el cauce, el agua te hacía crujir los huesos, de ahí me viene el reúma, y así estoy, que no me puedo poner derecho. En invierno palería, hacer pleita, poca cosa para vivir, y la Juliana pariendo todos los años, un año dos muchachos medios, que luego se murieron. Nos iban fiando en la tienda o nos prestaba el amo a cuenta del verano.

» Y cuando terminábamos la siega y hacíamos cuentas, si el año no era malo te quedaba pa hacer algo de ropa a los chicos pa la Virgen, y si no, pues na, la vendimia y otra vez a pedir.

» Cuando empezaron a alborotar algunos con que si repartir tierras, quitárselas a los amos, que hasta metieron a alguno en la cárcel o, peor aún, los mataron, nunca estuve con esa gentuza, si uno no tiene cuartos, ni viñas, a ver cómo me voy a poner en contra de quién me puede dar trabajo. Y bien claro se ha visto, los que salían cantando y celebrando la república, a los cuatro días fusilados o con el rabo entre las patas, que este pueblo se llenó de viudas por la mala cabeza de los hombres.

» Yo no me metí nunca en ningún lío. Nunca me faltó el trabajo, al final lo agradecieron. Pasamos hambre, pero mis hijos tuvieron padre. El que nace pobre tiene que agachar la cabeza y conformarse con lo que tiene. Mi mujer en la cama y la partida de los domingos con su buena jarra de zurra, pa qué pedir más.

» Este año, después de la Virgen, me buscó el amo, “Moreno, tus chicos ya se han ido y tú solo no puedes, tú ya estás para sentarte en la lumbre y que trabajen otros, así que en San Miguel terminamos.”

» Ocho mil pesetas nos dieron por la casa. Metimos la ropa en una maleta, cogimos el coche viajeros y nos vinimos a casa de la Francisca. Mi yerno no puso buena cara, pero bien que cogió las perras, dice que le van a ayudar en la entrada del piso. Después de todo la hija es la que tiene la obligación. Dice que va a hablar con sus hermanos a ver si pueden poner algo al mes. Yo en eso no me meto, es cosa de ellos.

» En los jardinillos he visto a unos cuantos que serán de mi quinta. Seguro que no hacen ascos a unas cartas.

 

María Prieto                               Móstoles, 13 de enero de 2025

 

 

 

Desazón

 

─Os voy a enseñar una cosa. Estos son los exámenes de ayer de las gemelas. Idénticos.

Todos levantamos la cabeza de nuestro trabajo cuando Marta, la profe de Ciencias, enseñó una hoja de examen en cada mano

─Se copiaron. Qué cara tienen.

Raúl, el de Inglés, había dado un enorme mordisco a su bocadillo y no tuvo ningún problema en hablar con la boca llena.

─Pues no, ─contestó Marta─ como ya tenía sospechas puse a cada una a un lado y estuve toda la hora con cuarenta ojos. La prueba contenía preguntas prácticas a las que se podía dar distintas soluciones, es decir, que no me vale lo de que pudieron estudiar juntas. Vi a cada una hacer su examen, no se intercambiaron nada. No lo comprendo. La letra es distinta, pero el contenido es exactamente igual. Vale, yo tampoco me lo creería.

─No es que no te crea, Marta, ─De nuevo Raúl─ es que esas chicas tienen mucho mundo y saben cómo tomar el pelo . Conmigo es verdad que tienen las mismas notas, pero como yo hago tipo test no he pensado que se copiaban.

─Es que no se copian, Raúl. ─Intervine, quería que Marta se sintiera apoyada frente a aquel imbécil─ Tengo la misma experiencia que Marta en mis exámenes de Lengua. Los mismos aciertos y errores. De algún modo se comunican, se miran y ya saben lo que piensa la otra.

Al comenzar el curso, se incorporaron a la clase de 8º. Era muy raro un cambio de colegio al final de una etapa, además, en su historial figuraban varios cambios más, pero pensamos en que podía deberse al trabajo de sus padres.

Las chicas eran tan iguales que, al principio, resultaba difícil distinguirlas, más todavía llevando el uniforme. Tenían la misma tez morena, no demasiado agraciada, siempre con el ceño fruncido en una mueca de desconfianza o disgusto. Se peinaban siempre igual, media melena con raya al lado. Algo más altas que la media y con el cuerpo madurando, no plenamente mujeres, pero muy cerca de serlo.

 Sin embargo, pronto aprendimos a distinguirlas. Mientras que una de ellas, Teresa, podría pasar por cualquier otra chica de su edad, su hermana, María, no sé decirlo de otro modo, era muy extraña. Apenas hablaba, parecía estar en otro lugar, si alguien se dirigía a ella, se le quedaba mirando fijamente, con unos ojos como taladros que a mí empezaron pareciéndome inquietantes y terminaron dándome miedo, sin entender el porqué.

─A mí me producen un yuyu terrible ─Sole, la secretaria, revolvió el azúcar de su café mirando concienzudamente al fondo de la taza─ María aparece como Lucía en parte de su historial. Su madre explica que a los seis años quiso cambiarse el nombre. ¿Cómo se puede consentir algo así a una niña de seis años?

─Hay algo muy extraño en esa niña, ─Marta tiró las hojas sobre la mesa─ o en las dos, no sabría decir. No sé si planean el juego entre ellas o si una domina a la otra. Me repito que son niñas de trece años y que seguramente serán víctimas de alguna situación que no conocemos, pero mi primer impulso es sentir rechazo ante ellas.

─Se van del colegio, ─Aclaró Sole─ no harán el B.U.P. aquí. Otro cambio.

Aquel verano, apareció en el buzón de mi casa una carta sin sello. Alguien la había dejado directamente allí. Nunca supe como habían averiguado mi dirección. En ella, aparte de preguntarme por temas personales, que no sé tampoco como habían llegado a conocer, Teresa me hacía un estrambótico relato de desgracias, que no me creí, y se quejaba de lo duro que era vivir con María.

 Sin embargo, la letra era la de su hermana. Nunca volví a saber de ellas. Y nunca lo conté a mis compañeros.

 

    María Prieto                   Móstoles, 26 de noviembre de 2024

 

La nueva vida

 

No recuerdo los años que llevamos viviendo aquí. Sé que vinimos en otoño, cuando nuestra antigua casa quedó destruida por las lluvias y tuvimos que cambiarnos. Al entrar a esta casa, lo primero que me sorprendió es que no oliera a humedad. La otra absorbía como una esponja cada gota de lluvia y la devolvía con manchas en las paredes, un suelo que no se secaba nunca y niebla en los cristales.

Cuando quise contarle a Alfredo lo que había descubierto, no lo encontré. Recorrí la cocina, llena de luz, el baño con el espejo claro y limpio, sin reflejo alguno, los pasillos, los dormitorios, pero Alfredo no estaba. ¡Ay! me faltaba un cuarto, el grande, con baño y salida al jardín. La puerta no se abría. Cuando intenté forzarla vi aparecer un papel por debajo. No podía creerme lo que estaba leyendo:

«No intentes nunca atravesar esta puerta. Esta es mi zona. No necesito más, sólo saber que no voy a volver a verte. Perteneces a otro mundo y debes volver a él.»

No recuerdo los años que hace de esto. Desde entonces yo habito mi parte de la casa, cómoda, luminosa, bien ventilada. Casi no soy consciente del otro lado de la puerta. Apenas algún retazo de música o algún ruido, muy suaves, de tarde en tarde me recuerdan que también está habitado.

No estoy mal, este silencio que se da casi siempre me ayuda a vivir dentro de mí misma y a hacerme consciente de como pasa el tiempo, de como voy cambiando. Me siento una espiral que ha dado mil vueltas. Cuando me parece que estoy viviendo algo nuevo, veo que no, que eso ya había pasado, en otro momento, en otra vida.

Me pregunto por qué las fresas no saben tanto a fresa, por qué no tienen las flores o las frutas los sabores que yo recuerdo. Por qué no echo de menos el sexo con Alfredo, por qué no echo de menos a Alfredo. Lo vivo todo como amortiguado, como si estuviera rellena de algodón. Ya no me importa la puerta, dejo de mirarla, le doy la espalda y me dedico a disfrutar del lugar en el que vivo. A veces la veo de reojo, pero ya no me causa sensación alguna. Ya no es mi enemiga, se ha convertido en un rasgo más de mi casa nueva.

Entiendo a Alfredo, no es normal convivir con una mujer muerta y no ha querido hacerlo. Yo renuncié a la vida eterna por quedarme a su lado después de que las aguas me arrastraran. En vez de caminar hacia la luz volví hacia aquí, a esta vida de limbo, de algodones, sin degustar la pena ni la gloria.

María Prieto               Móstoles, 10 de noviembre del 2024

 

domingo, 28 de enero de 2024

LOS HIJOS

 

Los hijos

Yo te cuento lo que quieras, pero no voy a parar de lavar mientras tanto. Somos mucha gente a ensuciar ropa, los de casa, los que están en la mili, que cada domingo vienen con el petate, y los que andan de temporeros que no te digo como está la ropa cuando la traen. Total, que no puedo quitarme de la pila. ¿Qué cuántos hijos tuvimos? Echa tú misma la cuenta y si mientras vas restregando eso, mejor que mejor.

El primero se llamó Celestino, por su padre, no había duda posible. El segundo, Manuel, como él mismo. Luego vino la chica y fue Isabel, como mi madre.

A partir de ahí fue la locura, no sé dónde le dejaron libros y empezó a leer, creo que la Biblia. El caso es que dijo que el siguiente se llamaba Abel, no era un nombre muy normal en el pueblo, pero tenía un pasar. Luego vino una niña, la quería llamar Eva y yo dije que ni hablar, que así se llamaba la perra de Zacarías. La puso Sacramento, no llegó a dos años lo que vivió la criatura. Mientras, estaba yo ya esperando otro y dijo que si era un chico se iba a llamar Caín. Y vaya que fue un chico, menuda la que se armó. En el ayuntamiento no pusieron pegas, pero no quiso bautizarlo ningún cura de los alrededores. Su madre lo arregló. Lo envolvió en un mantón y lo llevó a la iglesia, le dijo al cura que le pusiera Ángel. Nunca nadie le llamó así pero su madre se quedó tranquila.

Los mellizos nacieron al llegar la república, todo el pueblo esperando a ver qué les ponía. Salud, la niña, que murió a los pocos meses. Al chico le llamó Libertad. Creció sano, pero hubo que cambiarle el nombre. Me llamaron del ayuntamiento tiempo después preguntando que cómo se llamaba, que allí estaba escrito algo que debía ser un mote. Le puse Juan José, como mi hermano, a su padre le habían matado ya y no pudo opinar.

Al último, Julián, le puse el nombre sola, le puse el nombre de mi sobrino muerto en la guerra, alegrándome de que aquel hijo viviera porque llevaba tres días en que no le sentía. Desde el momento en que me dijeron que habían cogido a mi marido preso, el niño dejó de moverse y yo pensé que se había muerto.

Pronto nos dimos cuenta de que era sordo, yo siempre le he echado la culpa a aquellos tres días hasta que me puse de parto. Espera, restriega esas manchas bien que nadie te va a preguntar lo que has tardado en hacerlo.

Claro que lo llevé al médico y me dijo que había colegios de sordomudos. Yo no podía pagarlos, fui al ayuntamiento a pedir plaza y me dijeron que me llamarían. Nunca la pidieron. Me harté de ir a preguntar hasta que un día pillé a uno que me lo explicó. Los papeles seguían en el mismo cajón. Los hijos de los rojos no tenían derecho a nada. Sus hermanos mayores le enseñaron a ser un buen albañil, como su padre.

Celestino, el mayor, se fue de casa. No pudo soportar la vergüenza que cayó sobre la familia, su padre fusilado y su hermano Manuel preso. Cuando más falta nos hacía, no pudimos contar con los dos mayores. A Manuel y a otro chico que andaba con él, dos críos, les acusaron de la muerte de un hombre que vivía en el campo, medio loco y solo. Nadie lo vio, ellos lo negaron, pero, en aquel momento, no teníamos a quién acudir. Cuando lo soltaron no volvió al pueblo, se fue a Madrid a trabajar y allí se casó.

Alguien del pueblo dijo que habían visto a Celestino por Valencia, que estaba con unos frailes y que decía rezar “por el alma de sus padres, muertos en la guerra”.

Ve tendiendo esas sábanas ahí en los alambres mientras yo pongo esto al sol para que se blanquee.

A mí nadie me hizo nada. Nadie me oyó hablar nunca, ni antes, ni después, y apenas si salía de mi casa, mi hija salía a hacer todo lo de fuera y cuidaba a los pequeños, hasta que a los diecisiete años se fue a Madrid a servir.

Los cuatro chicos, Abel, el primero, empezaron a trabajar en lo que les salía. Al principio pasamos estrecheces, pero fuimos saliendo adelante con buena administración. Cuando matábamos el cerdo se vendían los jamones, los brazuelos y los lomos. Con lo demás tirábamos. Mis hijos iban a por hierba y criábamos conejos, que también vendíamos. Iban a la rebusca, buscaban caracoles, espárragos… cualquier cosa que pudiera echarse a la olla.

Vendía los huevos de las gallinas, una vez tenía muchos y se los vendí a un hombre que vino por el pueblo y me los pagó bien. Yo tan contenta hasta que me enteré de que las pesetas de la república ya no valían. Qué enfado se cogieron los muchachos por los huevos que no se habían comido. Sí, tú ríete, menuda gracia tuvo.

Cuando mi hija vino de Madrid diciendo que hablaba con el mayor de la Juliana, el que era ya sargento, se me revolvieron las tripas y me vino algo ácido a la boca. “¿No había nadie más en Madrid con quien ponerte novia? Dicen que su padre fue de los que firmó para que mataran al tuyo.”

No tardó en llegar el sargento al pueblo y le hizo jurar a su padre que no había firmado. Sería verdad si él lo juró, de qué me sirve ponerlo en duda, vete tú a averiguar, la Isabel dijo que si había tenido algo que ver no habría boda… Lo juró y se casaron.

Según mis hijos venían a Madrid a hacer la mili, buscaban trabajo por aquí y ya no volvían al pueblo. Al final nos vinimos también Julián y yo. Hemos comprado un piso para vivir los cinco, nos lo van a dar pronto. Mientras estamos con mi hija, en una casa de las de los militares, está esperando el tercero. Entre unos y otros, yo todo el día puesta en la pila del patio, qué lujo el agua en la misma pila y la alfalfa que siega mi yerno para que tienda la ropa al sol.

 

viernes, 26 de enero de 2024

LA ABUELA MARÍA

 

La abuela María

Mis hijas dicen que era mi ojito derecho. ¿Qué sabrán ellas? Los dos ojos, el alma, la vida entera daría por tenerlo vivo. Y dicen que me estoy volviendo loca porque no puedo parar quieta, y cojo la carretera y me voy al Acebrón, o a la Fuente, con este pie que me mata, “jódete y anda”, le digo, porque mientras ando a buen paso se me olvida el camino a Uclés de todas las semanas. Hasta los cepillos de la ropa vendimos sus hermanas y yo para comprar comida, para llevarle algo, sin saber si se lo iban a dar siquiera.

Nos quedamos sin nada, como aquella vez cuando estaba soltero todavía. Hubo una epidemia de viruelas, Manuel se las cogió y nos pusieron en cuarentena. Gracias a las vecinas, una traía un cántaro de agua, otra un poco de leña. La de la tienda nos iba fiando… me dijo que me acercara por la noche y me llevara lo que necesitase.

─ ¡Aquí no huele a enfermo, sólo huele a colonia! ─ decía el médico.

Ni una señal le quedó. Cuando acabó todo eran deudas, pero vivía mi hijo. Yo pensé que esta vez iba a ser igual, pero no. Me lo mataron, sin razón, para que se callaran los cuatro señoritos de este pueblo y toda su compaña.

“Jódete y anda, pie”. Ya no tengo quién baile conmigo como en aquel carnaval en que me disfracé de máscara y estuve bailando con él toda la noche. Todavía no me creo que no me conociera. Yo tenía el cuerpo aún joven, la cintura pequeña. Todo el tiempo intentando llevarme al ambigú a tomar algo para verme así la cara, y yo que nones, venga a bailar hasta que terminé la broma, no quería que se gastara en mí las pocas perras que tenía, años de risas trajo aquel día.

La Julia no es de bailes ni de fiestas, muy buena y muy trabajadora, sosa de tan sensata, pero siempre le animó a que fuera él a la pólvora o al baile. Él no se emborrachaba ni se iba con otras, pero siempre estaba dispuesto a disfrutar, a leer, a echarse unas risas…

Te lo dije, hijo mío, qué tristeza… Eras poco más que un crío. Un día entraste a la cocina. Tu hermana María Josefa se escondía en la cámara cuando te oía llegar. Se fue a servir, volvió con una tripa y tú no querías verla. Ese día estaba haciendo la comida de su hijo de pocos meses y me dio la cuchara.

─ ¿Qué hace usté, madre?

─ Las sopas de Julián

─ Lástima de harina…

Me pudo la rabia, el dolor de que mi hijo no entendiera y, sin soltar la sartén, batiendo y batiendo…

─ No me digas que te duelen dos cucharás de harina pa las sopas de un ángel. No me digas eso. Tú no vas a salir con una tripa, esa suerte sólo la tiene la que nace mujer, que hasta con eso le toca lidiar a veces, y tú no lo eres. Pero puede que un día te veas en una cárcel y te aseguro que tu hermana va a ser la primera que vaya a verte y que se quite la comida de la boca para llevártela a ti.

Pasaron los años. Tu sobrino se escapó de casa para ir a luchar a la misma guerra en que tú estabas. Era un crío, pero allí no se miraban las edades… y lo mataron.

Y a ti, que volviste al pueblo desde la frontera. Que te creíste la propaganda, que no habías robado ni matado, que sólo querías estar en esta mierda de pueblo con tu mujer y tus hijos… Te cogieron preso al llegar, nos lo dijeron “Corred que se lo llevan”. Corrimos como locas pero apenas pudimos verte. Te escondiste en el fondo del camión para que no te viéramos así.

Tu mujer se puso de parto tres días más tarde, cuando nos dijeron que te tenían preso en Uclés. Tus hermanas y yo nos pusimos en camino, semana tras semana, casi tres años. Hasta que un día alguien nos dijo que no volviéramos, que ya no te hacía falta la comida… Jódete y anda.

 

  Nunca pensé hablar contigo ─Creo que querías hablar conmigo… ─Así es. Siéntate, por favor, que esto puede ser largo. ─Pues tú dirás....