Nunca
pensé hablar contigo
─Creo que querías hablar conmigo…
─Así es. Siéntate, por favor, que
esto puede ser largo.
─Pues tú dirás.
─A ver, no nos engañemos, tú
sabes que esto no puede seguir así.
─ ¿Qué es lo que no puede seguir
así? ¿Piensas dejarme tirado después de casi setenta años? ─me grita─. Te he
sido fiel, he vivido para ti y te he mantenido viva y segura. No entiendo que
ahora me vengas con reproches, que intentes tirar por la borda una relación de
tantos años que nos ha hecho bien a los dos. Eres una inconsciente si piensas
que puedes prescindir de mí.
Siento su ira, me llega a la
piel, se funde con ella como si fuera algo pegajoso, pero no puedo dejarme
intimidar. Necesito, por el bien de los dos, hacerle entender el cambio que
pretendo. No puedo dejarme llevar por el miedo a su cólera. ¡Pues estaría
bonito!
─Entiendo tu enfado, si aquí hay
una culpable, esa soy yo. Te he dejado llevar la voz cantante, actuar a tu
antojo. No he sido un ama responsable y mi dejación nos ha perjudicado a los
dos. Yo he bailado al son que tú tocabas y tú te has hecho tan rígido que no me
dejas vivir.
─Pues yo te veo viva, luego he
cumplido con mi obligación.
─ ¡Eso no me basta! Necesito que
aprendas a usar caminos nuevos para que yo pueda vivir de otra manera.
─No comprendo nada de lo que
dices. ¿Qué es eso de caminos nuevos?
No puedo discutir con él,
argumentar es su terreno. Respiro y me despego de su enfado y de su
incomprensión. No puedo perder de vista mi deseo: Tengo que escucharme a mí
misma, quiero escucharme a mí misma, voy a escucharme a mí misma. No entro en
justificaciones, ¡pues estaría bonito!
─No necesitas comprender nada.
Toma nota. No he tomado las riendas hasta ahora y eso te ha permitido llenarte
de automatismos. Ante cualquier situación nueva, ante cualquier reto, siempre
activas los mismos recursos: la preocupación, el miedo, la incapacidad para
seguir… y yo me he comido todos estos años la imagen de persona preocupada,
miedosa, incapaz. Pero me he dado cuenta de que yo no soy así, yo puedo ser de
muchas maneras si cuento con los colaboradores adecuados.
─He evitado que te pasaran cosas
malas.
─Sí, claro, para ti el que yo me
preocupe, el que me estanque en una emoción y no sepa salir de ella, el que me
dé miedo enfrentarme a nuevos retos; no es una amenaza, no me mata. Eso es para
ti y sirve mientras mandaste tú, pero eso se ha terminado.
Respiro hondo para darme fuerza.
Veo en su expresión que está desapareciendo la ira y que se va sintiendo
inseguro.
─Pues tendrás que explicarme en
que va a consistir mi trabajo de ahora en adelante. Si ya no quieres que te
cuide advirtiéndote de los peligros…
─Pues claro que quiero que me
cuides, pero trabajando bien, olvidando los automatismos, saliendo del continuo
estado de alerta al que me tienes sometida. Mueve el culo, hay áreas tuyas que
están sin estrenar, tienes que aprender a usarlas en función de lo que yo vaya
necesitando. Quiero que me muestres los peligros, pero también las
oportunidades; que, ante situaciones nuevas, me ayudes a salir de emociones
estancadas, que sepas trabajar para mí y me aportes recursos que me lleven a
estados constructivos.
Cada vez me siento más segura.
Siento lástima por él, está descolocado, se siente destronado y eso debe doler
mucho, pero no puedo ceder, tengo que dejarle las cosas muy claras. Y tampoco
pienso darle demasiadas explicaciones. Tan solo que entienda quién manda aquí.
─Tranquilo, nadie va a salir
perjudicado con este cambio. Los dos vamos a aprender. Tú, a hacerte flexible y
ponerte a mi servicio. Y yo, yo, mientras esté viva continuaré aprendiendo, de
todo, entre otras cosas, a ser yo la que manda, a diseñar mi vida, y a no
dejarme manipular por nadie, y menos por mi propio cerebro. ¡Pues estaría
bonito!
María
Prieto Móstoles, a 21 de
febrero de 2025