Desazón
─Os voy a enseñar una cosa. Estos
son los exámenes de ayer de las gemelas. Idénticos.
Todos levantamos la cabeza de
nuestro trabajo cuando Marta, la profe de Ciencias, enseñó una hoja de examen en
cada mano
─Se copiaron. Qué cara tienen.
Raúl, el de Inglés, había dado un
enorme mordisco a su bocadillo y no tuvo ningún problema en hablar con la boca
llena.
─Pues no, ─contestó Marta─ como
ya tenía sospechas puse a cada una a un lado y estuve toda la hora con cuarenta
ojos. La prueba contenía preguntas prácticas a las que se podía dar distintas
soluciones, es decir, que no me vale lo de que pudieron estudiar juntas. Vi a
cada una hacer su examen, no se intercambiaron nada. No lo comprendo. La letra
es distinta, pero el contenido es exactamente igual. Vale, yo tampoco me lo
creería.
─No es que no te crea, Marta, ─De
nuevo Raúl─ es que esas chicas tienen mucho mundo y saben cómo tomar el pelo .
Conmigo es verdad que tienen las mismas notas, pero como yo hago tipo test no
he pensado que se copiaban.
─Es que no se copian, Raúl.
─Intervine, quería que Marta se sintiera apoyada frente a aquel imbécil─ Tengo
la misma experiencia que Marta en mis exámenes de Lengua. Los mismos aciertos y
errores. De algún modo se comunican, se miran y ya saben lo que piensa la otra.
Al comenzar el curso, se
incorporaron a la clase de 8º. Era muy raro un cambio de colegio al final de
una etapa, además, en su historial figuraban varios cambios más, pero pensamos
en que podía deberse al trabajo de sus padres.
Las chicas eran tan iguales que,
al principio, resultaba difícil distinguirlas, más todavía llevando el uniforme.
Tenían la misma tez morena, no demasiado agraciada, siempre con el ceño
fruncido en una mueca de desconfianza o disgusto. Se peinaban siempre igual,
media melena con raya al lado. Algo más altas que la media y con el cuerpo
madurando, no plenamente mujeres, pero muy cerca de serlo.
Sin embargo, pronto aprendimos a
distinguirlas. Mientras que una de ellas, Teresa, podría pasar por cualquier
otra chica de su edad, su hermana, María, no sé decirlo de otro modo, era muy extraña.
Apenas hablaba, parecía estar en otro lugar, si alguien se dirigía a ella, se le
quedaba mirando fijamente, con unos ojos como taladros que a mí empezaron
pareciéndome inquietantes y terminaron dándome miedo, sin entender el porqué.
─A mí me producen un yuyu
terrible ─Sole, la secretaria, revolvió el azúcar de su café mirando
concienzudamente al fondo de la taza─ María aparece como Lucía en parte de su
historial. Su madre explica que a los seis años quiso cambiarse el nombre. ¿Cómo
se puede consentir algo así a una niña de seis años?
─Hay algo muy extraño en esa
niña, ─Marta tiró las hojas sobre la mesa─ o en las dos, no sabría decir. No sé
si planean el juego entre ellas o si una domina a la otra. Me repito que son
niñas de trece años y que seguramente serán víctimas de alguna situación que no
conocemos, pero mi primer impulso es sentir rechazo ante ellas.
─Se van del colegio, ─Aclaró
Sole─ no harán el B.U.P. aquí. Otro cambio.
Aquel verano, apareció en el
buzón de mi casa una carta sin sello. Alguien la había dejado directamente allí.
Nunca supe como habían averiguado mi dirección. En ella, aparte de preguntarme
por temas personales, que no sé tampoco como habían llegado a conocer, Teresa
me hacía un estrambótico relato de desgracias, que no me creí, y se quejaba de
lo duro que era vivir con María.
Sin embargo, la letra era la de su hermana.
Nunca volví a saber de ellas. Y nunca lo conté a mis compañeros.
María Prieto Móstoles, 26 de noviembre de 2024
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