La nueva
vida
No recuerdo los años que llevamos
viviendo aquí. Sé que vinimos en otoño, cuando nuestra antigua casa quedó
destruida por las lluvias y tuvimos que cambiarnos. Al entrar a esta casa, lo
primero que me sorprendió es que no oliera a humedad. La otra absorbía como una
esponja cada gota de lluvia y la devolvía con manchas en las paredes, un suelo
que no se secaba nunca y niebla en los cristales.
Cuando quise contarle a Alfredo
lo que había descubierto, no lo encontré. Recorrí la cocina, llena de luz, el
baño con el espejo claro y limpio, sin reflejo alguno, los pasillos, los
dormitorios, pero Alfredo no estaba. ¡Ay! me faltaba un cuarto, el grande, con
baño y salida al jardín. La puerta no se abría. Cuando intenté forzarla vi
aparecer un papel por debajo. No podía creerme lo que estaba leyendo:
«No intentes nunca atravesar esta
puerta. Esta es mi zona. No necesito más, sólo saber que no voy a volver a
verte. Perteneces a otro mundo y debes volver a él.»
No recuerdo los años que hace de
esto. Desde entonces yo habito mi parte de la casa, cómoda, luminosa, bien
ventilada. Casi no soy consciente del otro lado de la puerta. Apenas algún
retazo de música o algún ruido, muy suaves, de tarde en tarde me recuerdan que
también está habitado.
No estoy mal, este silencio que
se da casi siempre me ayuda a vivir dentro de mí misma y a hacerme consciente
de como pasa el tiempo, de como voy cambiando. Me siento una espiral que ha
dado mil vueltas. Cuando me parece que estoy viviendo algo nuevo, veo que no,
que eso ya había pasado, en otro momento, en otra vida.
Me pregunto por qué las fresas no
saben tanto a fresa, por qué no tienen las flores o las frutas los sabores que
yo recuerdo. Por qué no echo de menos el sexo con Alfredo, por qué no echo de
menos a Alfredo. Lo vivo todo como amortiguado, como si estuviera rellena de
algodón. Ya no me importa la puerta, dejo de mirarla, le doy la espalda y me
dedico a disfrutar del lugar en el que vivo. A veces la veo de reojo, pero ya
no me causa sensación alguna. Ya no es mi enemiga, se ha convertido en un rasgo
más de mi casa nueva.
Entiendo a Alfredo, no es normal
convivir con una mujer muerta y no ha querido hacerlo. Yo renuncié a la vida
eterna por quedarme a su lado después de que las aguas me arrastraran. En vez
de caminar hacia la luz volví hacia aquí, a esta vida de limbo, de algodones,
sin degustar la pena ni la gloria.
María Prieto Móstoles, 10 de noviembre del
2024
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