Los
jardinillos 2
El Ángel, el mayor de los
muchachos, estaba haciendo el servicio en Madrid. La primera vez que volvió de
permiso, nada más verme, me lo contó:
─Padre, he hecho el curso de
cabo. Usted sabe que a mí me gusta estudiar. En el ejército tengo un sueldo y
si estudio puedo subir.
No le contesté, escupí en el
suelo algo agrio que me vino a la boca y me eché un trago de vino.
─Ya ves, Juliana, que se va el
primero, que en cuanto ha sacao la cabeza del nido dice que se queda por ahí.
Pa eso cría uno a los hijos, pa que luego no te miren a la cara.
─Padre, nací el 4 de julio y ese
verano lo pasé en el rastrojo. Desde que pude coger un botijo, hacer un recado
o empuñar la hoz, no he dejado de trabajar. No creo que tenga usted queja hasta
ahora, pero ya no quiero seguir aquí. Me he apuntado a un curso de radio y al
de sargento.
─Vaya, sargento, eso es más de lo
que conseguí yo haciendo la guerra. Muy alto miras tú.
Me eché otro trago que ya me supo
mejor, mientras raspaba con la navaja una tajailla de bacalao crudo con un
cacho de pan.
Volvió al verano siguiente, ya
sargento, enseñando orgulloso los galones. Pero ahí había algo que yo no sabía
lo que era. Me miraba de reojo y luego miraba al suelo y se ponía serio. Estuvo
montando una radio de galena. Yo le veía to el día, mirando sus libros y las
piezas que trajo en una caja. Cuando aquello funcionó, que se oía como cantaban
y daban el parte y to, medio pueblo pasó a verlo. Pero no estaba contento, me
miraba, abría la boca pa decir algo y luego se callaba.
Una mañana se vino conmigo a la
viña. Estuvimos cavando un rato y luego nos sentamos a tomar un vino.
─ ¿Se puede saber qué puñetas te
pasa?
─Tengo novia, padre.
─Ya me lo han dicho, que andas
hablando con la Isabel, la de la tía Julia que está sirviendo en Madrid.
─ Quiero casarme con ella. Pero
la tía Julia dice que usted firmó para que mataran a su marido.
─El Peñato. Le mataron por rojo,
ya lo sabes, como a muchos. Él solo se lo buscó.
─Me da lo mismo lo que hiciera o
lo que no. Quiero a su hija, y su hija dice que, si usted firmó, no hay boda.
─Yo que voy a firmar, carajo, que
voy a firmar yo… Su mala cabeza es lo que lo mató.
─ ¿Me lo jura, padre?
─Que haya ganao uno la guerra pa
que ahora su hijo le pida juramentos…
─Ni mi novia ni yo hicimos esa
guerra. Su padre la perdió y ella le perdió a él. Usted dice que la ganó, pero
no veo yo las ganancias por ningún sitio.
─Jurao queda, si eso es lo que
quieres. Y mira bien con quién te casas. Que si empieza tan pronto con esas
exigencias… a saber dónde va a llegar la señoritinga.
─Pues si usted lo jura, se acabó
el tema. Nos casaremos en marzo, aquí en el pueblo. Y de esto no se vuelve a
hablar.
Joder con el sargento de los
cojones. Vaya con lo que se traía entre manos. Y yo qué sé si firmé o no firmé
o lo que firmé… Si en esos años pa poder trabajar había que estar a bien con
los que mandaban. Si los pobres es mejor que no tengamos orgullo. Ni memoria…
María Prieto Valencia, 25 de enero de
2025
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