La abuela
María
Mis hijas dicen que era mi ojito
derecho. ¿Qué sabrán ellas? Los dos ojos, el alma, la vida entera daría por
tenerlo vivo. Y dicen que me estoy volviendo loca porque no puedo parar quieta,
y cojo la carretera y me voy al Acebrón, o a la Fuente, con este pie que me
mata, “jódete y anda”, le digo, porque mientras ando a buen paso se me olvida
el camino a Uclés de todas las semanas. Hasta los cepillos de la ropa vendimos
sus hermanas y yo para comprar comida, para llevarle algo, sin saber si se lo
iban a dar siquiera.
Nos quedamos sin nada, como
aquella vez cuando estaba soltero todavía. Hubo una epidemia de viruelas,
Manuel se las cogió y nos pusieron en cuarentena. Gracias a las vecinas, una
traía un cántaro de agua, otra un poco de leña. La de la tienda nos iba fiando…
me dijo que me acercara por la noche y me llevara lo que necesitase.
─ ¡Aquí no huele a enfermo, sólo
huele a colonia! ─ decía el médico.
Ni una señal le quedó. Cuando
acabó todo eran deudas, pero vivía mi hijo. Yo pensé que esta vez iba a ser
igual, pero no. Me lo mataron, sin razón, para que se callaran los cuatro
señoritos de este pueblo y toda su compaña.
“Jódete y anda, pie”. Ya no tengo
quién baile conmigo como en aquel carnaval en que me disfracé de máscara y
estuve bailando con él toda la noche. Todavía no me creo que no me conociera.
Yo tenía el cuerpo aún joven, la cintura pequeña. Todo el tiempo intentando
llevarme al ambigú a tomar algo para verme así la cara, y yo que nones, venga a
bailar hasta que terminé la broma, no quería que se gastara en mí las pocas
perras que tenía, años de risas trajo aquel día.
La Julia no es de bailes ni de
fiestas, muy buena y muy trabajadora, sosa de tan sensata, pero siempre le
animó a que fuera él a la pólvora o al baile. Él no se emborrachaba ni se iba
con otras, pero siempre estaba dispuesto a disfrutar, a leer, a echarse unas
risas…
Te lo dije, hijo mío, qué
tristeza… Eras poco más que un crío. Un día entraste a la cocina. Tu hermana
María Josefa se escondía en la cámara cuando te oía llegar. Se fue a servir,
volvió con una tripa y tú no querías verla. Ese día estaba haciendo la comida
de su hijo de pocos meses y me dio la cuchara.
─ ¿Qué hace usté, madre?
─ Las sopas de Julián
─ Lástima de harina…
Me pudo la rabia, el dolor de que
mi hijo no entendiera y, sin soltar la sartén, batiendo y batiendo…
─ No me digas que te duelen dos
cucharás de harina pa las sopas de un ángel. No me digas eso. Tú no vas a salir
con una tripa, esa suerte sólo la tiene la que nace mujer, que hasta con eso le
toca lidiar a veces, y tú no lo eres. Pero puede que un día te veas en una
cárcel y te aseguro que tu hermana va a ser la primera que vaya a verte y que
se quite la comida de la boca para llevártela a ti.
Pasaron los años. Tu sobrino se
escapó de casa para ir a luchar a la misma guerra en que tú estabas. Era un
crío, pero allí no se miraban las edades… y lo mataron.
Y a ti, que volviste al pueblo
desde la frontera. Que te creíste la propaganda, que no habías robado ni
matado, que sólo querías estar en esta mierda de pueblo con tu mujer y tus
hijos… Te cogieron preso al llegar, nos lo dijeron “Corred que se lo llevan”.
Corrimos como locas pero apenas pudimos verte. Te escondiste en el fondo del
camión para que no te viéramos así.
Tu mujer se puso de parto tres
días más tarde, cuando nos dijeron que te tenían preso en Uclés. Tus hermanas y
yo nos pusimos en camino, semana tras semana, casi tres años. Hasta que un día
alguien nos dijo que no volviéramos, que ya no te hacía falta la comida… Jódete
y anda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario