Carta
abierta a los nietxs de Franco
En este día de la exhumación de
los restos de vuestro abuelo quiero deciros en primer lugar que entiendo que os
sintáis tristes y dolidos por ese hecho. No es agradable el descenso, a nadie
nos gusta perder y está claro que vuestra familia pierde algo con este cambio.
Pero, dejadme deciros, tenemos
algo en común, nuestros abuelos combatieron en la misma guerra, aunque fuera en
distintos bandos. Vosotros pudisteis cuidar, abrazar y despedir al vuestro. Yo
no pude conocer al mío.
Los restos de vuestro abuelo van
a ser reinhumados en un panteón al lado de los de su esposa. Los del mío están
en el cementerio de Uclés en una caja de plástico de las que venden en los
bazares chinos, junto a otros centenares de cajas de plástico que contienen los
restos de otros centenares de personas. Esos restos los sacamos de una pradera
sobre la que pastaban las vacas y a la que de vez en cuando alguien, a
escondidas, lanzaba un ramo de flores.
Y ahí están, esperando a poder
ser identificados. Y ahí están, en una sencilla tumba de Carabanchel, los
restos de su esposa y de su hija, esperándole.
Ya veis, lo que para vosotros es
bajar, lo que nombráis como humillación, para nosotros y para miles de familias
españolas es un objetivo tan lejano que no sabemos si algún día llegará a
cumplirse.
Para que los de abajo suban los
de arriba deben bajar. Lo de hoy es un hito y es un paso, espero que sea el
primero de los que hacen falta para reparar las injusticias cometidas, siquiera
en una parte.
Sólo una cosa os pido, entiendo
que os duela vuestro abuelo pero no nos habléis de humillaciones porque de eso,
entre todxs nosotrxs, entendemos mucho, mucho, mucho…
Me despido diciendo que envidio
vuestra suerte, como envidiaba de pequeña todos los juguetes con los que
salíais en la tele, pero hay algo que no podéis quitarme: a mi abuelo lo
mataron por defender al pueblo y murió con las manos limpias de sangre.
María Prieto