martes, 28 de abril de 2020

CUANDO APRIETA LA TRISTEZA

En lo más duro del confinamiento...


CUANDO APRIETA LA TRISTEZA

 ¿Y qué si estoy triste? ¿y qué? Nadie me puede quitar lo que es mío…

Quiero correr, volar, salir de estas paredes, de esta vida, de estos muertos… de este tema único, de este poner la radio y oír sólo una cosa… quiero llorar porque me da la gana, porque estoy harta de decirme a mí misma que qué bien que lo estamos llevando, los dos aquí encerrados… quiero callar mi mente y que hablen mis tripas… mis pulmones, mi alma, mi otro ser, el ser que no razona…

Quiero poder llorar porque tengo un océano entero de llanto atascado entre los pechos, y no puedo echarlo afuera, y me ahoga… y me para la mente y me para la suerte inmensa de que se están curando mis enfermos, de que tengo comida en la despensa, de que tengo dinero, y salud y trabajo…Y sin embargo tengo el llanto dentro… y quiero que esto pase, y quiero que esto no haya sucedido…

No quiero acostumbrarme, quiero que sea como el primer día, cuando me parecía una película. Esta noche he soñado que iba al super y que nadie llevaba mascarillas. Ya lo tengo en los sueños… ya lo tengo dentro. Y he creado rutinas, horarios, me estoy acostumbrando…

Quiero salir corriendo, cualquier sitio me parece bueno, cualquier rincón se vuelve paraíso… tengo la furgo bajo mi ventana…

Cuando todo esto pase… no quiero ver a nadie, quiero salir corriendo… carretera adelante… cualquier camino, no importa hacia qué punto cardinal se dirija, hasta cualquier paisaje, el mar o la montaña… lo que sea fuera de estas paredes… y llorar, y gritar hasta quedarme ronca…

Quiero quejarme de lo que me duele…llorar una por una las lágrimas ajenas y las propias. Dejar que llore mi niña asustada, porque tiene razón, porque este no es el mundo al que tenía derecho. Quiero llorar las lágrimas de pena, las de emoción, las de la admiración y las del enfado, las del cansancio y las de la impotencia…

Me gustaría tener un dedo largo, implacable y certero con el que señalar a los culpables, me gustaría tener culpables, me gustaría tener causas, aunque fueran remotas, lejanas… me gustaría… no tener nada que ver con todo esto, con lo que ha producido todo esto…

Y no quiero pensar, y no quiero que nadie me diga que no llore, necesito que salga mi tristeza. Y que nadie me quite lo que es mío…

 

                                                                                          María Prieto, Móstoles 28-04-2020

viernes, 10 de abril de 2020

LA MADRE AFRICANA

 En abril de 2020, confinada en casa, mis dos hijas con Covid, cada una en la suya, y yo sin poder cuidarlas... se me cayeron los palos del sombrajo y el sombrajo se llamaba "Mi experiencia de la maternidad"... y me nació este relato.

                                    LA MADRE AFRICANA

Cuántas veces recuerdo a esa mujer a la que nunca he visto…

Hace unos años, 5 ó 6, una de mis mejores amigas estaba en Senegal investigando para su tesis. Un día la aborda una mujer y le pregunta que si vive en Madrid… y ante la respuesta afirmativa…

“Yo tengo un hijo que está allí, este es su teléfono… cuando vuelvas debes saber que mi hijo es tu hijo”

Cuando volvió a Madrid mi amiga le llamó y le contó que había visto a su madre, al repetirle las palabras de ésta él la miró cariñosamente y la abrazó…

“Entonces, eres mi madre” y madre la ha llamado desde entonces.

Para una mujer europea los hijos, las hijas, son los que pares y ese vínculo no desaparece nunca, ni con la muerte del hijo ni con la de la madre. “Madre no hay más que una” dice la copla.

En África, madre es la que cuida, la que está cerca, la que busca comida para propios y ajenos. La madre africana cuida a los hijos los haya parido o no y, cuando no puede cuidarlos, sabe que otra mujer se va a encargar…

En estos días raros de esta crisis, cuando siento que no sé lo que tengo que hacer para poder cuidar a mis hijas, cuando tanto me duele la distancia tan corta, vuelve una y otra vez a mi memoria esa mujer de la que no sé el nombre, capaz de sacudirse los apegos y nombrar como madre de su hijo a la que sabe que lo tiene cerca, a la que sabe que puede cuidarle… aunque sea de otra tribu, de otra raza, aunque no hable su lengua…

Bendita seas, mujer desconocida, y bendito tu pueblo que es capaz de arrancar de su alma ese afán de que los hijos, las hijas, son nuestras posesiones, son creaciones nuestras.

Quisiera hacer mío ese desprendimiento y buscar ante todo el bien del hijo, de la hija, ese saber depositarlo en brazos de la vida cuando la vida lo arranca de los nuestros… ese confiar en que va a ser cuidado con la misma pasión, la misma entrega y el mismo amor gratuito con que yo voy a cuidar al hijo, a la hija, de la otra.

 

                                                           María Prieto

                        

  Nunca pensé hablar contigo ─Creo que querías hablar conmigo… ─Así es. Siéntate, por favor, que esto puede ser largo. ─Pues tú dirás....