Mi solicitud de abandono de la Iglesia Católica fue algo tan burocrático que me encontré con la necesidad de escribir sobre mi vivencia y mis sentimientos ante esa decisión. Es la carta que hubiera querido mandar al Obispado de Getafe... pero... ¿Para qué?
MI ABANDONO DE LA IGLESIA CATÓLICA
Se me hace difícil escribir sobre
esto. Para empezar, ponerle un nombre al documento, no hay uno que me cuadre, a
ver si lo consigo en el curso del escrito.
Hoy he presentado la
documentación para salirme de la Iglesia Católica.
En la hoja que he bajado de
internet se dan unas razones que no son las mías. Yo no estoy de acuerdo con
bautizar niñxs, de hecho, no lo hicimos con nuestras hijas; pero no echo en cara
a mis padres el que lo hicieran. Era su
momento y era lo que ellos creían que tenían que hacer, su modo de quererme y
de cuidarme.
Durante años me sentí a gusto en
su seno, con la educación que estaba recibiendo no podía ocurrir otra cosa.
En la juventud tuve la suerte de encontrar
personas críticas que me enseñaron otra forma de vivir mi espiritualidad,
despojándola de cuentos y mentiras, alojándola en la vida y relacionándola con
el amor y el respeto a mí misma y a los otros, la solidaridad y el compromiso.
En aquel momento, principios de
los años 70, yo creía firmemente que todo esto podía vivirse desde dentro de la
Iglesia porque me acompañaban personas que estaban en ese mismo lugar y yo
tenía confianza en que la institución cambiaría.
Han pasado muchos años y he visto
muchas cosas:
He visto como se ignoraba,
represaliaba… se hacía daño, en definitiva, a las personas que me enseñaron a
crecer espiritualmente. Los he visto llorar, retorcerse de dolor ante
decisiones de la jerarquía, desde echarles de sus parroquias a negarles un
matrimonio cristiano.
He visto salir de mi parroquia y
de las parroquias conocidas y de los movimientos cristianos a las personas de
las que yo me fiaba, las que me enseñaron a crecer, y he visto como resurgían
las consignas y las prácticas religiosas de mi infancia, la decoración y los
rezos. Volvía todo aquello que, a la luz del Evangelio y con la ayuda de esas
personas, yo había sacado de mi vida.
He tenido que salir de dos
parroquias, llevo más de cuarenta años reuniéndome con mi comunidad cristiana
en centros culturales o sociales, domicilios y locales diversos. La jerarquía
eclesial me ha dejado claro en múltiples ocasiones que mi forma de vivir el
cristianismo me dejaba fuera de sus márgenes.
He vivido como la iglesia sigue
considerando a las mujeres creyentes de segunda, relegándolas a labores
domésticas, yendo a la zaga incluso de una sociedad que ya las discrimina
bastante. No es la iglesia madre amorosa para ellas sino una mano más dura que
la propia sociedad.
He visto como la iglesia
raramente reconoce sus errores y más raramente aún pide perdón por ellos y
compensa a sus víctimas.
Todo esto me ha ayudado a llegar
a la conclusión de que mi ética personal me impide seguir perteneciendo a una
institución que no me quiere, no me representa y no me ayuda a crecer como ser
humano.
Por otra parte, mi ética
ciudadana me impide pertenecer a una institución que utiliza recursos
económicos comunitarios para financiar sus actividades, que extiende sus
tentáculos interviniendo en política, en educación, en relaciones
internacionales… y que no duda en poner a su nombre cualquier bien público que
esté a su alcance.
Por tanto, hoy, 21 de diciembre
del año 2021, he mandado al Obispado de Getafe la carta con la documentación
necesaria para pedir mi salida oficial de la Iglesia Católica como institución.
No es un momento alegre, no lo
vivo como una liberación, es más bien un desgarro, pero ya la vida me ha
enseñado que cuando algo me hace daño, con todo el amor y la paz del mundo, tengo
que apartarlo de mi vida. Y sigo teniendo clara la enseñanza “Sacudíos el polvo
de vuestros pies”( Mateo 10, 14)
Tengo muy claro, y así de claro
me gustaría expresarlo, que mi renuncia consiste en exclusiva en la pertenencia
a la institución. No renuncio a mi vivencia espiritual, esta se ha ido
enriqueciendo a lo largo de mi vida con múltiples aportaciones, pero tiene muy
cerca de su base los valores que predicó y vivió Jesús de Nazaret, valores y
persona sobre los que no creo que ninguna persona ni institución tenga el
monopolio.
No renuncio a mis amigos y
amigas, ni a ninguna persona buena, honrada y comprometida que haya decidido
seguir en el seno de la iglesia. Les respeto como sé que me respetan y les
quiero como sé que me quieren. Quizá ellxs consigan el cambio que yo no he
tenido fuerzas para seguir esperando. Sería la primera en alegrarme del giro
que me permitiera ver la sombra de Jesús sobre esta iglesia, pero confieso mi
falta de paciencia y esperanza.
No renuncio a seguir en mi
comunidad cristiana si ellxs me siguen admitiendo, cosa que no dudo, no
renuncio a Dios/a, ni a la oración, ni a aquellos ritos que me expresen como
mujer semilla en búsqueda.
Me voy, en definitiva, triste,
pero en paz. Con dolor y con agradecimiento.
Móstoles
21 de diciembre de 2021