A mi nieta Martina no le gusta la
coliflor. La verdad es que dice que no la ha probado mucho. Habrá que subsanar
esa carencia, el que la pruebe, el que le guste ya no es cosa mía.
Mi nieta Martina tiene ocho años.
Además de la pregunta sobre la coliflor le pregunté si quería acompañarme a un
acto para apoyar a las mujeres iraníes.
—Abuela…— y según pronuncia
lentamente las tres sílabas sé que está elaborando una respuesta que me va a
estremecer en lo más hondo— Mejor me llevas al Museo del Traje.
—Pero, Martina…
—Abuela— oigo los engranajes de
su mente— ya he ido a muchas manifestaciones y no sirven de nada, no
conseguimos nada, nada cambia. ¿Para qué vamos?
Dicen que a la hora de la muerte
pasan ante ti como en una película las imágenes de toda tu vida. Yo, señoras y
señores, me he pasado media vida en la calle, joven y mayor, sola o abrazada a
mi pareja, embarazada, con niñas de la mano o en la teta, bailando, gritando,
siguiendo el ritmo de la batucada, a favor de, en contra de, para que no nos
metan, para que no nos quiten, para que no los echen, para que no las maten…
Y, ¿ cómo se lo explico yo a
Martina?
—Sin problema, cariño, si te
apetece más, nos vamos al Museo del Traje y te puedes traer a tus amigas, puede
que también les guste.
Y, a pesar de todo, no me
encuentro mal. Veinte estaciones de metro y veinte minutos caminando…
multiplicado por tres niñas…
—Chicas, una curiosidad, ¿a
vosotras os gusta la coliflor?
Variedad de respuestas, pero el
tema entusiasma… está claro que nos gusta menos cuando la hemos cocido
demasiado tiempo, pero bien cocinada puede estar muy rica.
—Y, otra cosa, ¿sabéis que esto
es la Universidad? Por eso veis a tanta gente joven. Chicos y chicas… antes
solo podían entrar los chicos. Eso, como en Irán… Eso de la vitrina es un
corsé. Las mujeres pobres no tenían que llevarlo porque con eso no podían
trabajar. Las ricas no tenían que trabajar, pero no respiraban ni podían
moverse. Sí, tienes razón, vivimos mejor sin corsés y sin enaguas, con
universidad y con la libertad de llevar velo o elegir pareja…
—Pero, abuela, ¿ cómo se ha
conseguido que todo eso cambiara?
—Muy despacio, cariño, tan
despacio que parecía que no se movía nada. Protestando, saliendo a la calle, escribiendo,
bailando. Pero siendo muchas, como en Irán, a una pueden matarla, si somos
todas no tenemos miedo; y siendo persistentes, nada cambia deprisa. Pero nos lo
pasamos bien estando juntas, y así podremos, juntas, conseguir que el fondo de
los mares y los volcanes se fundan en una sola cosa, y que todos los seres
humanos podamos aspirar a ser eso, personas.
María
Prieto, Móstoles, 7/10/22