miércoles, 27 de abril de 2022

¿FILIA VERSUS FRATIA?

 

Hoy os ofrezco un recorrido  por el mundo de mis relaciones. ¿Se acaban los amigos cuando tienes hijas? ¿Cómo vivo yo ahora la filia y la fratia?


¿Filia versus fratia?

Mis padres no tenían amigos. Creo que puedo afirmarlo. De mi padre con muy poco margen de error. No sé si el ejército, su época o su particular forma de ser, le situaban en un mundo vertical en el cual daba o recibía lecciones, pero pisaba poco el patio del recreo. No le recuerdo amigos y, en cuanto a sus hermanos y hermana, siempre le vi situado por encima. Si esto fue así o si así lo recuerdo yo, poca importancia tiene.

De mi madre no estoy tan segura. Ella hablaba de amigas en su época anterior al matrimonio pero que no debieron sobrevivir a este porque yo nunca llegué a conocerlas. Con sus hermanos era madre, sin lugar a dudas, y sus cuñadas siempre la vieron como suegra. Tenía con las vecinas sus raticos de charla y la peluquería de los viernes, pero nunca pasaron a mayores, ni un café ni un paseo. Tampoco mi padre lo hubiera admitido, con las palabras justas y sin voces censuraba la tardanza al hacer cualquier recado y, no digamos, su ausencia al llegar él a casa. El tener planes propios ni se contemplaba. Quizá lo más parecido a la fratia fueran para ella sus primas. Sin embargo, no era fácil porque vivían lejos y coincidir era raro. En los últimos años, cuando el teléfono dejó de ser un lujo, la comunicación fue más sencilla con ellas y con alguna amiga que sobrevivió al tiempo de desierto.

Quiero decir con esto que yo no recibí, sobre la fratia, ningún modelo en mis primeros años. Es más, el mensaje de cara a mis hermanos era que los cuidase, que ejerciese de madre.

Sólo en mi adolescencia descubrí a las amigas, más tarde a los amigos, y surgió una riqueza inesperada, la de la comunicación en horizontal, la del cariño en horizontal, la del cuidado en horizontal.

Llegó a mi vida la fratia con una fuerza que lo llenaba todo. En una época de cambios políticos y sociales la palabra compañero/a me llegaba al alma, daba sentido a mi vida.

Más tarde llegaron las hijas y el cuidado de mis padres, de mi suegra, mis sobrinos/as. La filia se impuso. La amistad seguía siendo importante, sobrevivieron sobre todo aquellos que tenían modelos de familia parecidos al nuestro, fueron fundamentales en la etapa de crianza. Otras personas desaparecieron de nuestra vida, aquellas que se aburrían entre tanto pañal y gente babosa.

Y no es extraño, criar hijas, cuidar madres o padres, se convierte en el centro de tu vida y te sitúa en un lugar desde el que ves girar la realidad siempre desde el mismo sitio. Hay personas que en este recorrido se quedan sin amigos ni amigas. Si tienes suerte, como fue nuestro caso, acabas relacionándote con personas que comparten la etapa, entienden tus horarios o tu falta de tiempo y la transitáis juntas. Es vivir la amistad compartiendo la época de cuidados que la filia requiere. El problema es conseguir que esa amistad “con criaturas o con mayores por en medio” abarque otros temas que no sean los propios del momento.

Cuando me jubilé el primer impulso fue recuperar esa etapa de la que no había llegado a salir. Mis hijas embarazadas o criando volvían a ser vulnerables a mis ojos y yo indispensable en su cuidado… y de paso aparecía una tarea fácil, que yo sabía hacer porque llevaba toda la vida haciéndola, y ahora, además, con tiempo de sobra.

Afortunadamente me di cuenta, bien es verdad que con ayuda y después de varios intentos fallidos, de que mi etapa de crianza había, por fin, terminado, con todo lo que aquello conllevaba. Seguiré siendo madre de mis hijas, mi relación con ellas es la filia por mucho que en algún loco momento me hubiera encantado colarme en su maravillosa fratia como tercera hermana.

El cambio es que declaro a mis hijas criadas, hablo de  mujeres estupendas, inteligentes, responsables e intuitivas que no necesitan para nada una madre de cría. Si acaso una madre de amor con la que compartir lo que ellas quieran. Rezo todos los días por aprender a maternar con un mínimo de meteduras de pata. Y, por supuesto, no renuncio a mi papel de abuela, papel siempre en consenso con los progenitores, pero que tiene más que ver con disfrutar que con criar.

En todo este barullo de mis cambios, admito que el reconocimiento ha sido algo tardío, me ha costado llegar a conclusiones, aparece el consejo “Trabájate la fratia”.

Y en ello estoy, en saborear la riqueza de esta hermandad elegida. Disfrutar de mi hermana, de mi prima, de mis cuñadas y cuñados, de mis amigas y amigos. Recuperar amigas de hace siglos, ver en qué se han convertido y elegir o no mi relación con ellas.

 Puedo elegir y puedo cultivar relaciones fraternas con quien quiera, con quien me aporte vida y me ayude a crecer. Disfrutar de ese cariño horizontal que tanto he echado de menos en el confinamiento, incluso cuando ya teníamos contactos nos limitábamos a los familiares, y que viene a llenar el hueco de esta etapa.

Mis padres no tenían amigos. Yo agradezco a mi gente, a mi fratia elegida, el que estén a mi lado.

                                                                   Móstoles 27-4-22

 

 

 


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