Hoy os ofrezco un recorrido por el mundo de mis relaciones. ¿Se acaban los amigos cuando tienes hijas? ¿Cómo vivo yo ahora la filia y la fratia?
¿Filia
versus fratia?
Mis padres no tenían amigos. Creo
que puedo afirmarlo. De mi padre con muy poco margen de error. No sé si el
ejército, su época o su particular forma de ser, le situaban en un mundo
vertical en el cual daba o recibía lecciones, pero pisaba poco el patio del
recreo. No le recuerdo amigos y, en cuanto a sus hermanos y hermana, siempre le
vi situado por encima. Si esto fue así o si así lo recuerdo yo, poca
importancia tiene.
De mi madre no estoy tan segura.
Ella hablaba de amigas en su época anterior al matrimonio pero que no debieron
sobrevivir a este porque yo nunca llegué a conocerlas. Con sus hermanos era
madre, sin lugar a dudas, y sus cuñadas siempre la vieron como suegra. Tenía
con las vecinas sus raticos de charla y la peluquería de los viernes, pero
nunca pasaron a mayores, ni un café ni un paseo. Tampoco mi padre lo hubiera
admitido, con las palabras justas y sin voces censuraba la tardanza al hacer
cualquier recado y, no digamos, su ausencia al llegar él a casa. El tener
planes propios ni se contemplaba. Quizá lo más parecido a la fratia fueran para
ella sus primas. Sin embargo, no era fácil porque vivían lejos y coincidir era
raro. En los últimos años, cuando el teléfono dejó de ser un lujo, la
comunicación fue más sencilla con ellas y con alguna amiga que sobrevivió al
tiempo de desierto.
Quiero decir con esto que yo no
recibí, sobre la fratia, ningún modelo en mis primeros años. Es más, el mensaje
de cara a mis hermanos era que los cuidase, que ejerciese de madre.
Sólo en mi adolescencia descubrí
a las amigas, más tarde a los amigos, y surgió una riqueza inesperada, la de la
comunicación en horizontal, la del cariño en horizontal, la del cuidado en
horizontal.
Llegó a mi vida la fratia con una
fuerza que lo llenaba todo. En una época de cambios políticos y sociales la
palabra compañero/a me llegaba al alma, daba sentido a mi vida.
Más tarde llegaron las hijas y el
cuidado de mis padres, de mi suegra, mis sobrinos/as. La filia se impuso. La
amistad seguía siendo importante, sobrevivieron sobre todo aquellos que tenían
modelos de familia parecidos al nuestro, fueron fundamentales en la etapa de
crianza. Otras personas desaparecieron de nuestra vida, aquellas que se
aburrían entre tanto pañal y gente babosa.
Y no es extraño, criar hijas,
cuidar madres o padres, se convierte en el centro de tu vida y te sitúa en un
lugar desde el que ves girar la realidad siempre desde el mismo sitio. Hay
personas que en este recorrido se quedan sin amigos ni amigas. Si tienes
suerte, como fue nuestro caso, acabas relacionándote con personas que comparten
la etapa, entienden tus horarios o tu falta de tiempo y la transitáis juntas.
Es vivir la amistad compartiendo la época de cuidados que la filia requiere. El
problema es conseguir que esa amistad “con criaturas o con mayores por en
medio” abarque otros temas que no sean los propios del momento.
Cuando me jubilé el primer
impulso fue recuperar esa etapa de la que no había llegado a salir. Mis hijas
embarazadas o criando volvían a ser vulnerables a mis ojos y yo indispensable
en su cuidado… y de paso aparecía una tarea fácil, que yo sabía hacer porque
llevaba toda la vida haciéndola, y ahora, además, con tiempo de sobra.
Afortunadamente me di cuenta,
bien es verdad que con ayuda y después de varios intentos fallidos, de que mi
etapa de crianza había, por fin, terminado, con todo lo que aquello conllevaba.
Seguiré siendo madre de mis hijas, mi relación con ellas es la filia por mucho
que en algún loco momento me hubiera encantado colarme en su maravillosa fratia
como tercera hermana.
El cambio es que declaro a mis
hijas criadas, hablo de mujeres
estupendas, inteligentes, responsables e intuitivas que no necesitan para nada
una madre de cría. Si acaso una madre de amor con la que compartir lo que ellas
quieran. Rezo todos los días por aprender a maternar con un mínimo de meteduras
de pata. Y, por supuesto, no renuncio a mi papel de abuela, papel siempre en
consenso con los progenitores, pero que tiene más que ver con disfrutar que con
criar.
En todo este barullo de mis
cambios, admito que el reconocimiento ha sido algo tardío, me ha costado llegar
a conclusiones, aparece el consejo “Trabájate la fratia”.
Y en ello estoy, en saborear la
riqueza de esta hermandad elegida. Disfrutar de mi hermana, de mi prima, de mis
cuñadas y cuñados, de mis amigas y amigos. Recuperar amigas de hace siglos, ver
en qué se han convertido y elegir o no mi relación con ellas.
Puedo elegir y puedo cultivar relaciones
fraternas con quien quiera, con quien me aporte vida y me ayude a crecer.
Disfrutar de ese cariño horizontal que tanto he echado de menos en el
confinamiento, incluso cuando ya teníamos contactos nos limitábamos a los
familiares, y que viene a llenar el hueco de esta etapa.
Mis padres no tenían amigos. Yo
agradezco a mi gente, a mi fratia elegida, el que estén a mi lado.
Móstoles
27-4-22
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