martes, 21 de febrero de 2023

INTEMPERIE

 

Intemperie

El viejo siente el olor a hospital, el olor a lejía y desinfectante, el lejano de la comida, las heces y los vómitos ajenos; el más cercano, el propio, su olor de hoy, mezcla de sudor, orina, miedo y podredumbre anticipada.

Siente, a su lado, el olor de su hijo, el olor de esa colonia que le compra su mujer, una vez también se la compró a él aunque no la usó nunca. Carmen le dijo que era buena, y cara, y acordaron regalársela al yerno de Carmen por su cumpleaños.

Carmen… el viejo abre los ojos, le molesta la claridad y medio los cierra de nuevo. Huele a hospital, “esto es un hospital del que no voy a salir, se lo dije a Carmen, que no salía, Carmen…”

Por la rendija de sus ojos ve a su hijo, con la corbata floja, debe venir del trabajo, sentado en el sillón y cacharreando con el móvil. Huele a esa colonia que le compra su mujer. A él no le gusta, no le gusta la colonia… ni la mujer tampoco, el amago de chiste le hace sonreír hacia sus adentros. “Él verá lo que hace, como dice Carmen… Carmen…” Se le van las ideas, como si flotaran, piensa en algo y ya no está, y el esfuerzo por retener le lleva al sueño. Se le vuelven a cerrar los ojos, pero algo le impide deslizarse, Carmen…, sí, tiene que decirlo, se lo debe a ella, a los treinta años con ella.

El roce de la sábana, áspera, dura, le produce malestar. Es un malestar difuso, compuesto por la sábana, la vía, las arrugas de ese ridículo camisón. Huyendo del dolor en los talones intenta mover las piernas.

─ ¿Qué te pasa, papá? ¿Quieres que llame y te suban el calmante?

─ Queremos casarnos

─Y dale, papá, eso ya está hablado. Lleváis treinta años viviendo juntos y ahora esa lagarta sale con esas. Que quiere quedarse con el piso. Olvídate del tema y duérmete.

─ Es que sufre. Y no va a haber papeles. Un cura amigo de su sobrina viene y ya…

El hijo se acerca bruscamente a la cama y el viejo se encoge temeroso. Pero sólo va a tocar el timbre.

─ ¡Enfermera! ¿No pueden subirle la morfina? Se despierta y no rige. Se agita. No entiendo que esto sea tan largo.

Alguien lo está moviendo, piensa en el hijo y el miedo vuelve, pero son otras manos, muy suaves.

─ Tranquilo Ezequiel, te estamos molestando, cariño, pero es que tenemos que cambiar la cama, enseguida te dejamos en paz, somos unas latosas, pero vas a estar más a gusto limpito.

El olor es ahora el de la colonia fresca. También a café con leche y a tabaco.

─ Ya os habéis echado un pito. ¿Mi hijo?

─ Vendrá esta tarde, Ezequiel. Es por la mañana y está trabajando. Y tú parece que estás más espabilado, ¿no?

─ Quiero llamar a Carmen.

─ Te marco y te la paso

El viejo no puede ver la cara de la auxiliar ni el gesto que le hace a su compañera. Teclea y teclea, pero el teléfono es tan simple que no hay vuelta de hoja.

─ Ezequiel, se ha borrado el número, no aparece. Espera, su sobrina, la que os estaba organizando la boda, ¿cómo se llama?

─ Sole, se llama Sole.

─ Pues tampoco aparece.

Mira a su compañera y dibuja palabras con los labios, exagerando el gesto. “Cabrón, hijo de puta, malnacido”. Palabras que no llegan a sonar porque no son para el viejo, pero su salida, junto con un par de lágrimas redondas, puras, transparentes, permiten otras más suaves, llenas de piedad y rellenas de mentira.

─ No te preocupes, Ezequiel, esta tarde te busca tu hijo el número. Es que estos aparatos fallan más que escopetas de feria. ¿Tienes frío?, ¿te pongo otra manta?

Las lágrimas del viejo se van quedando retenidas en una arruga del cuello, puro pellejo con pelos blancos que ya no afeitan, y se deslizan en surco hacia la almohada.

─ Ve entrando a la quince, que me quedo aquí hasta que venga Irene con el suero.

Con su habilidad para las palabras mudas deletrea un “No me gusta” para su compañera.

Las manos frescas acarician la frente, las manos, las mejillas del viejo. Este siente como se desliza, ya no siente lo que le molestaba y se deja ir, se abandona, ya nada le retiene… sólo un beso y un par de lágrimas ajenas en la frente.

─ Carmen, has venido…

Y nada más.

                                                           María Prieto

                                          Móstoles, 17 de febrero de 2023

sábado, 4 de febrero de 2023

BAILE DE MUJERES

 

Es muy difícil que nos juntemos todas. Normalmente nos vemos dos o tres, como mucho. El viernes, sin ir más lejos, íbamos nosotras dos, caminando lentamente por el carril que corre paralelo a la playa. Hacía frío. Sacamos el gorro y los guantes que siempre van en el bolsillo del abrigo, en el bolsillo grande de la izquierda, junto con la mascarilla. En el de la derecha van el móvil y los auriculares.

─La única forma de sobrevivir es organizarse, ¿qué sería de nosotras si no?

─Ya podemos organizarnos… Cuando más tranquilas estamos, salta la liebre, pasa algo, hay que preparar comida o salir corriendo. ¿De qué nos sirve tanta organización si luego la vida lleva su curso y nos hace cambiar los planes?

─Pues para eso, para sobrevivir, en nuestra lucha necesitamos tener la cabeza colocada.

─ Nuestra forma de luchar es muy casera, se compone de platos en la mesa, mensajes de whatsapp y estar ahí cuando hace falta… Mientras tengamos fuerzas hay que echar una mano… Anda, mira quiénes están aquí, con el frío que hace…

─Tampoco hace tanto frío, si nos quedamos quietas, así, cara al sol, y aprovechamos la energía. Necesitamos parar, tiempo para estar a solas, para meditar, nos sentimos llenas cuando algo nos llega al alma y nos ayuda a entender la vida.

─Eso no sería necesario si tuviésemos claras nuestras opciones, lo primero es acudir donde nos necesitan. Y crear grupo, mover a otras mujeres.

─Pero con conciencia, no a lo loco, sabiendo como estamos…

─Enfermas de miedo estamos a veces. De miedo, de angustia, de agobio… Tomamos decisiones sin pensar en nosotras y sin ver lo que nos estamos echando encima. Y las cabezas voltean y voltean hasta que salta el cuerpo. ¿Cuántas veces dudamos entre tomar una pastilla o echarnos a llorar un rato?

─Venga, vamos a sentarnos y a aprovechar el sol que está saliendo. Es verdad que, a veces, nos ponemos al límite, pero… ¿y la alegría de ver los resultados?

─ ¿Y la satisfacción de sentir que podemos hacerlo, que tenemos fuerza y ovarios para tirar, que sabemos tomar decisiones?

─Salvo cuando, una vez la decisión casi casi tomada, empezamos a sacarle todos los inconvenientes, nos sentimos mal y decidimos lo contrario. Nos ponemos solitas los palos en las ruedas.

─Claro, porque intentamos contentar a todo el mundo y nos cuesta asumir que nosotras no tenemos por qué tener contento a nadie. Si nos quieren, bien, y si no, es su problema.

─Ya, pero asumir eso… a veces parece que lo hemos conseguido, pero se queda un resquemor por dentro…

Cuando parece que estamos todas aparece otra nueva. Saca un altavoz y pone música. Danzamos en la arena, despacito al principio, después de forma loca. Entre risas y tropezones van volando los gorros y los guantes. Cuando ya no nos llega el aliento, una a una, nos vamos sentando en una tela verde estampada de elefantes blancos que le habíamos comprado a un chico al comienzo del paseo. Apareció también un termo de té y una botella de vino. El té muy caliente, el vino rojo y espeso.

─Si no fuéramos tantas…

─Todas imprescindibles y todas a la greña. No sabemos ni cuántas somos… cuando creemos intuirlo, aparece una nueva.

─Y, en el fondo, todas queremos lo mismo, ser felices y disfrutar a tope de la vida que tenemos, que es fantástica, no queremos otra, pero que a veces no disfrutamos por esa tensión que nosotras mismas producimos.

Queremos ser felices y, como mucho, conseguimos a veces, ser conscientes, no siempre y no siempre a tiempo. Tranquilizando a la que nos mueve sin descanso, a la que todo lo tiene previsto, a la que nos hace llegar mensajes confusos y enredados, a la que todo lo ve color de rosa, a la daltónica, a la que siempre ve las pegas… a todas…

Ese es nuestro trabajo y esa es nuestra riqueza. Bailar en ese corro de mujeres que se miran, los pies en la arena, las manos que se agarran, el sonido del mar en sus oídos y la brisa en la piel.

       

                                  María Prieto, Mostoles 31 de enero del 2023

 

  Nunca pensé hablar contigo ─Creo que querías hablar conmigo… ─Así es. Siéntate, por favor, que esto puede ser largo. ─Pues tú dirás....