Intemperie
El viejo siente el olor a
hospital, el olor a lejía y desinfectante, el lejano de la comida, las heces y
los vómitos ajenos; el más cercano, el propio, su olor de hoy, mezcla de sudor,
orina, miedo y podredumbre anticipada.
Siente, a su lado, el olor de su
hijo, el olor de esa colonia que le compra su mujer, una vez también se la
compró a él aunque no la usó nunca. Carmen le dijo que era buena, y cara, y
acordaron regalársela al yerno de Carmen por su cumpleaños.
Carmen… el viejo abre los ojos,
le molesta la claridad y medio los cierra de nuevo. Huele a hospital, “esto es
un hospital del que no voy a salir, se lo dije a Carmen, que no salía, Carmen…”
Por la rendija de sus ojos ve a
su hijo, con la corbata floja, debe venir del trabajo, sentado en el sillón y
cacharreando con el móvil. Huele a esa colonia que le compra su mujer. A él no
le gusta, no le gusta la colonia… ni la mujer tampoco, el amago de chiste le
hace sonreír hacia sus adentros. “Él verá lo que hace, como dice Carmen…
Carmen…” Se le van las ideas, como si flotaran, piensa en algo y ya no está, y
el esfuerzo por retener le lleva al sueño. Se le vuelven a cerrar los ojos,
pero algo le impide deslizarse, Carmen…, sí, tiene que decirlo, se lo debe a
ella, a los treinta años con ella.
El roce de la sábana, áspera,
dura, le produce malestar. Es un malestar difuso, compuesto por la sábana, la
vía, las arrugas de ese ridículo camisón. Huyendo del dolor en los talones
intenta mover las piernas.
─ ¿Qué te pasa, papá? ¿Quieres
que llame y te suban el calmante?
─ Queremos casarnos
─Y dale, papá, eso ya está
hablado. Lleváis treinta años viviendo juntos y ahora esa lagarta sale con
esas. Que quiere quedarse con el piso. Olvídate del tema y duérmete.
─ Es que sufre. Y no va a haber
papeles. Un cura amigo de su sobrina viene y ya…
El hijo se acerca bruscamente a
la cama y el viejo se encoge temeroso. Pero sólo va a tocar el timbre.
─ ¡Enfermera! ¿No pueden subirle
la morfina? Se despierta y no rige. Se agita. No entiendo que esto sea tan
largo.
Alguien lo está moviendo, piensa
en el hijo y el miedo vuelve, pero son otras manos, muy suaves.
─ Tranquilo Ezequiel, te estamos
molestando, cariño, pero es que tenemos que cambiar la cama, enseguida te
dejamos en paz, somos unas latosas, pero vas a estar más a gusto limpito.
El olor es ahora el de la colonia
fresca. También a café con leche y a tabaco.
─ Ya os habéis echado un pito.
¿Mi hijo?
─ Vendrá esta tarde, Ezequiel. Es
por la mañana y está trabajando. Y tú parece que estás más espabilado, ¿no?
─ Quiero llamar a Carmen.
─ Te marco y te la paso
El viejo no puede ver la cara de
la auxiliar ni el gesto que le hace a su compañera. Teclea y teclea, pero el
teléfono es tan simple que no hay vuelta de hoja.
─ Ezequiel, se ha borrado el
número, no aparece. Espera, su sobrina, la que os estaba organizando la boda,
¿cómo se llama?
─ Sole, se llama Sole.
─ Pues tampoco aparece.
Mira a su compañera y dibuja
palabras con los labios, exagerando el gesto. “Cabrón, hijo de puta,
malnacido”. Palabras que no llegan a sonar porque no son para el viejo, pero su
salida, junto con un par de lágrimas redondas, puras, transparentes, permiten
otras más suaves, llenas de piedad y rellenas de mentira.
─ No te preocupes, Ezequiel, esta
tarde te busca tu hijo el número. Es que estos aparatos fallan más que
escopetas de feria. ¿Tienes frío?, ¿te pongo otra manta?
Las lágrimas del viejo se van
quedando retenidas en una arruga del cuello, puro pellejo con pelos blancos que
ya no afeitan, y se deslizan en surco hacia la almohada.
─ Ve entrando a la quince, que me
quedo aquí hasta que venga Irene con el suero.
Con su habilidad para las
palabras mudas deletrea un “No me gusta” para su compañera.
Las manos frescas acarician la
frente, las manos, las mejillas del viejo. Este siente como se desliza, ya no
siente lo que le molestaba y se deja ir, se abandona, ya nada le retiene… sólo
un beso y un par de lágrimas ajenas en la frente.
─ Carmen, has venido…
Y nada más.
María
Prieto
Móstoles,
17 de febrero de 2023