Un sábado cualquiera de hace un
par de años, mi familia se reunió en el cementerio de Uclés. Llevamos flores
con los colores de la República, músicas y textos. Frente a un panel de
azulejos con los nombres de los represaliados, leímos, cantamos, lloramos y
reímos, dejamos las flores junto a otras flores que habían dejado antes… y nos
sentimos en paz.
Por una celosía se veía el
interior de la tumba colectiva, contenedores de plástico guardaban los
centenares de cuerpos sin identificar, pero, al menos, allí estaba su nombre y
mi nieta y mis nietos lo rodearon con sus manitas, rodearon de amor los restos
de su tatarabuelo, y todxs allí pedimos en algún momento que nunca en el mundo
volviera a ocurrir algo así.
Hoy me entero de que el lunes,
alguien, algunos, no se sabe quién, han apedreado esos sencillos azulejos que
guardaban tu nombre, vuestros nombres. Qué dolor no haber sabido enseñar a esta
gente a respetar a los muertos y a sus familias, muertos y familias que sufrieron
por una causa justa, la de lxs pobres de su tierra.
A ti, abuelo, no han podido
matarte dos veces. Pero sí puedo decirte que tu familia no va a dejarse
arrebatar lo que nos enseñaste: que merece la pena luchar por la justicia. Tú
lo hiciste y, por muchas piedras que usen, no van a conseguir que olvidemos tu
nombre.
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