Ha pasado el tiempo y creo que
llegó el momento de cumplir mi promesa escribiendo en primera persona la última
parte de mi cuento. Última parte, que no final, porque esto no se acaba de
momento.
Ha pasado el tiempo y han pasado
muchas cosas. Mucha, mucha, mucha vida…
Mirarme la barriga, qué curioso,
me obliga a desaprender eso que me enseñaron sobre “mirarse el ombligo” porque experimento
cada día lo importante que es para mí mirármelo con amor y sin juicios.
Cuando miro mi ombligo me
enorgullezco de como ha disminuido la barriga, la carga, pero no veo ya el
agujero que tan dolorosamente sentía meses atrás. Delante de mi vacío he colocado
una red, una red bonita, permeable, flexible y cómoda. No es una puerta
blindada ni mucho menos un muro, deja entrar, deja salir, pero no cualquier
cosa, no todo vale, no cualquiera vale…
Aunque no es obligatorio que una
red tenga nombre, esta podría llamarse algo así como “Ahuyentabolas”, no quiero
llenar mi vacío de mentiras, al menos mientras pueda evitarlo. Mi red y mi
mirada trabajarán para que solo entre aquello que alimenta y que da vida.
Y así voy amueblando mi vacío,
con cosas chiquititas, a pasos muy pequeños, unos adelante y otros atrás, o en
diagonal, todos igualmente valiosos cuando una no sabe a dónde se dirige.
Manejo a la vez a tres caballos,
tres muertes necesarias, que diría Carmen Enguita, la necesidad de trabajar el
cuerpo, el no dejarme llevar por las emociones y el dominar la mente.
Este es hoy mi trabajo, lejos de
las tareas de otros tiempos, no buscarme tareas que las suplan, no pretender “ser
útil” ni “ser buena”, disfrutar lo que hago, lo que veo, lo que vivo, hacerme con
las riendas de mis tres corceles, aprender a buscar la alegría… y compartir lo
que aprendo.
Móstoles
3-VIII-22
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