miércoles, 3 de agosto de 2022

CUENTO DEL VACÍO (Y CUARTA PARTE)

 

Ha pasado el tiempo y creo que llegó el momento de cumplir mi promesa escribiendo en primera persona la última parte de mi cuento. Última parte, que no final, porque esto no se acaba de momento.

Ha pasado el tiempo y han pasado muchas cosas. Mucha, mucha, mucha vida…

Mirarme la barriga, qué curioso, me obliga a desaprender eso que me enseñaron sobre “mirarse el ombligo” porque experimento cada día lo importante que es para mí mirármelo con amor y sin juicios.

Cuando miro mi ombligo me enorgullezco de como ha disminuido la barriga, la carga, pero no veo ya el agujero que tan dolorosamente sentía meses atrás. Delante de mi vacío he colocado una red, una red bonita, permeable, flexible y cómoda. No es una puerta blindada ni mucho menos un muro, deja entrar, deja salir, pero no cualquier cosa, no todo vale, no cualquiera vale…

Aunque no es obligatorio que una red tenga nombre, esta podría llamarse algo así como “Ahuyentabolas”, no quiero llenar mi vacío de mentiras, al menos mientras pueda evitarlo. Mi red y mi mirada trabajarán para que solo entre aquello que alimenta y que da vida.

Y así voy amueblando mi vacío, con cosas chiquititas, a pasos muy pequeños, unos adelante y otros atrás, o en diagonal, todos igualmente valiosos cuando una no sabe a dónde se dirige.

Manejo a la vez a tres caballos, tres muertes necesarias, que diría Carmen Enguita, la necesidad de trabajar el cuerpo, el no dejarme llevar por las emociones y el dominar la mente.

Este es hoy mi trabajo, lejos de las tareas de otros tiempos, no buscarme tareas que las suplan, no pretender “ser útil” ni “ser buena”, disfrutar lo que hago, lo que veo, lo que vivo, hacerme con las riendas de mis tres corceles, aprender a buscar la alegría… y compartir lo que aprendo.

                                                                   Móstoles 3-VIII-22

 

 

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