Nada más subir en aquel trasto le
revolvió el estómago el olor a gasolina. Agradeció la temperatura del autobús
frente al frío de la espera. Te vas a acordar del fresco cuando estés bajo los
plásticos. Y ese olor de años, a coche desahuciado, los asientos forrados de
plástico, tan rajado que se le clava en los muslos en cada traqueteo. Tenía que
haber desayunado algo, así no me marearía tanto el olor, parece que el tubo de
escape lo tuviera hacia dentro. Gasolina, no es mala excusa, si sube la
gasolina no nos pueden subir las peonadas. Todo sube y a mí me van a pagar
menos que el año pasado…
La salida del sol coincide con la
llegada. Con un chirrido de frenos y un terremoto en cada una de sus piezas, el
autobús se detiene.
—Vamos, espabilando, que nos
perdemos las mejores horas, va a hacer sol y luego os quejaréis del calor que
hace. A la entrada hay un cajón con las fresas maduras que no pudieron salir
ayer. Esas son las que hay que comerse. Las otras, ni tocarlas.
El fresco borra un poco el olor a
gasolina, el mareo, el burbujear inquieto del estómago. Bajo los plásticos el
aire huele a fresa. Se dirige al cajón, fresas maduras que revientan en su
boca, boca que apenas puede contener el jugo, jugo que le chorrea por la
barbilla y trae consigo la risa propia y ajena… No me digas que todavía te
gustan, yo es que al segundo día ya no quiero ni verlas… pero siempre que puede
se levanta y, a toda prisa, va al cajón y vuelve. Nunca probó las fresas hasta
que no vino, sólo en el chicle, en la pasta de dientes, la gelatina, los polos,
algún jarabe… pero, nada que ver con ese mundo que pelea por ser ácido cuando
es dulce…
Diez, doce horas más tarde, sin
sentir ya la espalda, vuelve a sentir el fresco en la salida y sube al autocar.
La última fresa le sabe a gasolina, el olorcito de la vuelta a casa.
María,
Móstoles a 21/10/22
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