domingo, 25 de diciembre de 2022

FRESA Y GASOLINA

 

Nada más subir en aquel trasto le revolvió el estómago el olor a gasolina. Agradeció la temperatura del autobús frente al frío de la espera. Te vas a acordar del fresco cuando estés bajo los plásticos. Y ese olor de años, a coche desahuciado, los asientos forrados de plástico, tan rajado que se le clava en los muslos en cada traqueteo. Tenía que haber desayunado algo, así no me marearía tanto el olor, parece que el tubo de escape lo tuviera hacia dentro. Gasolina, no es mala excusa, si sube la gasolina no nos pueden subir las peonadas. Todo sube y a mí me van a pagar menos que el año pasado…

La salida del sol coincide con la llegada. Con un chirrido de frenos y un terremoto en cada una de sus piezas, el autobús se detiene.

—Vamos, espabilando, que nos perdemos las mejores horas, va a hacer sol y luego os quejaréis del calor que hace. A la entrada hay un cajón con las fresas maduras que no pudieron salir ayer. Esas son las que hay que comerse. Las otras, ni tocarlas.

El fresco borra un poco el olor a gasolina, el mareo, el burbujear inquieto del estómago. Bajo los plásticos el aire huele a fresa. Se dirige al cajón, fresas maduras que revientan en su boca, boca que apenas puede contener el jugo, jugo que le chorrea por la barbilla y trae consigo la risa propia y ajena… No me digas que todavía te gustan, yo es que al segundo día ya no quiero ni verlas… pero siempre que puede se levanta y, a toda prisa, va al cajón y vuelve. Nunca probó las fresas hasta que no vino, sólo en el chicle, en la pasta de dientes, la gelatina, los polos, algún jarabe… pero, nada que ver con ese mundo que pelea por ser ácido cuando es dulce…

Diez, doce horas más tarde, sin sentir ya la espalda, vuelve a sentir el fresco en la salida y sube al autocar. La última fresa le sabe a gasolina, el olorcito de la vuelta a casa.

                                                   María, Móstoles a 21/10/22

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