Ava esperó pacientemente frente
al bar. Intentó guarecerse de la lluvia pegándose a la cristalera de un portal
cerrado, sin darse cuenta del río de agua que corría frente a él y que le mojó la
bota izquierda. Sintió un escalofrío cuando el agua pasó del calcetín al pie e
instintivamente cruzó un poco más los brazos sobre su impermeable marrón.
Ajena a todo el ruido de la
calle, abarrotada a aquella hora, mojada y sucia, pensó que Blake, Schneider
para ella, tendría que salir en algún momento y quería que la encontrase allí.
Quería que la viera, empapada bajo la lluvia, mirándole con todo el odio que pudiera
expresar su rostro. No era capaz de urdir otra venganza. Era su cuerpo,
pequeño, endurecido, con un algo entre raíz y rama, la única arma que podría
vencerle.
Le encontró casualmente hacía
seis meses al intentar hacer un trámite en una oficina. No tuvo ninguna duda
sobre quién era, su cicatriz hablaba, le gritaba, la transportaba al mismo
centro del infierno. A partir de ese momento su vida se puso patas arriba,
olvidó sus proyectos de integrarse en la comunidad judía, de empezar una vida
con los familiares lejanos que la habían reclamado al acabar la guerra. Olvidó
la terapia que la ayudaba a olvidar y se centró en la búsqueda.
Al principio fue muy fácil, aprendió
sus caminos, sus costumbres, sus lugares, su absoluta soledad. Intuyó la
mentira en que vivía, la doble vida, el trabajo aparente y los otros trabajos…
Preparó una declaración con las
pruebas que fue capaz de recopilar y acudió a la justicia. Le hicieron caso en
un primer momento, pero nunca pasaba del segundo despacho. Cuando iban a buscar
el expediente empezaban a cambiar las caras, se derrumbaba la seguridad del
funcionario de turno, florecían las excusas absurdas, el alargar los tiempos,
los intentos de convencerla de que se equivocaba de persona.
Unos meses después, una mañana,
la recuerda soleada, la enésima que volvía a presentar un documento, una
funcionaria, una mujer mayor, como encogida, que le había pasado desapercibida
hasta entonces, la metió en un despacho, le dio una taza de té muy dulce y muy
caliente, y derrumbó todas sus esperanzas.
−Ni te molestes. Me juego el
cuello pero voy a contártelo. Se trata de la Operación Paperclip. El gobierno
lleva años trayéndose científicos nazis, aprovechan los conocimientos que
adquirieron. Hitler no se había suicidado y ya se los estaban trayendo. Esto
viene de muy pero que muy arriba. Se supone que aquí no lo sabemos, pero ha
habido otros casos. Nosotros no podemos hacer nada y tú tampoco. Olvídate de
todo, eres joven aún, sigue tu vida.
Alguien sale del portal y la
obliga a moverse, a salir a la lluvia, a navegar de nuevo en el río de agua
sucia en que se ha convertido la acera. Pero Ava sólo tiene ojos para la puerta
del bar. Su corazón golpea cada vez que se abre. En algún momento tiene que
salir y ella lo seguirá, lo mirará fijamente, lo envolverá en su odio. Y eso va
a hacerlo hoy, y mañana, y al día siguiente mientras su cuerpo la sostenga. Ha
visto el miedo en los ojos de Shneider y ese miedo es el que va a matarle.
El Doctor Shneider, ahora Blake,
no sabe quién es ella, si acaso recordará que la vio en una oficina, o el
primer apellido que a ella se le ocurrió en ese momento. Cuando el Doctor
Shneider, ahora Blake, la conoció en Dachau, en la enfermería de Dachau, cuando
anotaba en su libreta negra las medidas, las constantes, los resultados de sus
experimentos, ella no era para él un ser humano.
María
Prieto
Móstoles 22/11/22
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