domingo, 25 de diciembre de 2022

UNA TAZA DE TÉ MUY DULCE Y MUY CALIENTE

 

Ava esperó pacientemente frente al bar. Intentó guarecerse de la lluvia pegándose a la cristalera de un portal cerrado, sin darse cuenta del río de agua que corría frente a él y que le mojó la bota izquierda. Sintió un escalofrío cuando el agua pasó del calcetín al pie e instintivamente cruzó un poco más los brazos sobre su impermeable marrón.

Ajena a todo el ruido de la calle, abarrotada a aquella hora, mojada y sucia, pensó que Blake, Schneider para ella, tendría que salir en algún momento y quería que la encontrase allí. Quería que la viera, empapada bajo la lluvia, mirándole con todo el odio que pudiera expresar su rostro. No era capaz de urdir otra venganza. Era su cuerpo, pequeño, endurecido, con un algo entre raíz y rama, la única arma que podría vencerle.

Le encontró casualmente hacía seis meses al intentar hacer un trámite en una oficina. No tuvo ninguna duda sobre quién era, su cicatriz hablaba, le gritaba, la transportaba al mismo centro del infierno. A partir de ese momento su vida se puso patas arriba, olvidó sus proyectos de integrarse en la comunidad judía, de empezar una vida con los familiares lejanos que la habían reclamado al acabar la guerra. Olvidó la terapia que la ayudaba a olvidar y se centró en la búsqueda.

Al principio fue muy fácil, aprendió sus caminos, sus costumbres, sus lugares, su absoluta soledad. Intuyó la mentira en que vivía, la doble vida, el trabajo aparente y los otros trabajos…

Preparó una declaración con las pruebas que fue capaz de recopilar y acudió a la justicia. Le hicieron caso en un primer momento, pero nunca pasaba del segundo despacho. Cuando iban a buscar el expediente empezaban a cambiar las caras, se derrumbaba la seguridad del funcionario de turno, florecían las excusas absurdas, el alargar los tiempos, los intentos de convencerla de que se equivocaba de persona.

Unos meses después, una mañana, la recuerda soleada, la enésima que volvía a presentar un documento, una funcionaria, una mujer mayor, como encogida, que le había pasado desapercibida hasta entonces, la metió en un despacho, le dio una taza de té muy dulce y muy caliente, y derrumbó todas sus esperanzas.

−Ni te molestes. Me juego el cuello pero voy a contártelo. Se trata de la Operación Paperclip. El gobierno lleva años trayéndose científicos nazis, aprovechan los conocimientos que adquirieron. Hitler no se había suicidado y ya se los estaban trayendo. Esto viene de muy pero que muy arriba. Se supone que aquí no lo sabemos, pero ha habido otros casos. Nosotros no podemos hacer nada y tú tampoco. Olvídate de todo, eres joven aún, sigue tu vida.

Alguien sale del portal y la obliga a moverse, a salir a la lluvia, a navegar de nuevo en el río de agua sucia en que se ha convertido la acera. Pero Ava sólo tiene ojos para la puerta del bar. Su corazón golpea cada vez que se abre. En algún momento tiene que salir y ella lo seguirá, lo mirará fijamente, lo envolverá en su odio. Y eso va a hacerlo hoy, y mañana, y al día siguiente mientras su cuerpo la sostenga. Ha visto el miedo en los ojos de Shneider y ese miedo es el que va a matarle.

El Doctor Shneider, ahora Blake, no sabe quién es ella, si acaso recordará que la vio en una oficina, o el primer apellido que a ella se le ocurrió en ese momento. Cuando el Doctor Shneider, ahora Blake, la conoció en Dachau, en la enfermería de Dachau, cuando anotaba en su libreta negra las medidas, las constantes, los resultados de sus experimentos, ella no era para él un ser humano.

                                                           María Prieto

 Móstoles 22/11/22

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