domingo, 25 de diciembre de 2022

EL JABONCILLO AZUL

 

Con la mano derecha alisa con cuidado los patrones de papel manila cogidos con alfileres a la tela. Busca un trozo de jaboncillo, elije el azul oscuro, pero antes de trazar la línea, se lo lleva a la nariz, le llega un rastro de perfume, muy leve, muy antiguo, como al jabón de olor que usaba su madre, el que sacaba cuando venía el médico…

− ¿Sabes, Marcela, que este jabón azul lo elegí yo? Menuda bronca me gané. Todavía iba a la escuela y mi madre me mandó a por hilos, vi los jabones enteros, brillantes, nuevecitos, y compré este. Me cayó una buena.

−Mucho genio su madre, señor Esteban.

−Era buena y me lo dio todo. Puntada a puntada me sacó adelante. Compró el piso y montó el taller, todo lo que hay aquí lo puso ella. Bueno, cuando murió yo empecé a comprar el papel manila para los patrones. Fue el único cambio que hubo en esta casa.

−Me acuerdo yo de eso, estaba yo de aprendiza y siempre andaba usted con ese tema, pero ella decía que para qué ese gasto habiendo periódicos gratis. Menudas zaragatas que montaban. Bueno, ya quisiera yo un hijo así, su madre podía estar orgullosa. Zaragatas las que tengo yo con mi Paco. Lo del papel era una tontería.

−Marcela, tráete a tu hijo. Trabajo no tiene y aquí podría aprender algo. Tú le tendrías a la vista y a mí me gustaría ver a alguien joven haciendo algo de provecho.

−Se lo diré pero no le veo yo pasando hilos, con esas manos que miden medio metro, y quieto en una silla… En fin, ya es tarde. Me voy, señor Esteban.

−Hasta mañana, Marcela, ve con Dios. Y no te olvides de decírselo.

“Con esas manos, con esas manos, de medio metro, ya quisiera yo agarrar esas manos, olerlas, morderlas, chuparlas dedo a dedo… vaya con las manos del niño, solo con pensarlo me pongo… pero a ese no le voy a ver yo el pelo, ni las manos, ni lo otro que no he visto. No, ese no va a meterse en esta trampa, ese quiere volar…”

Se asoma a la ventana y ve que el sol empieza a caer. Podría aprovechar una hora más de trabajo pero lleva ya todo el día cosiendo y quiere salir antes de que sea de noche. Está listo en dos minutos, impecable, un figurín, que decía su vecina Concha, hasta para ir a la compra.

−Dame un filete como a mí me gusta, muy tierno y muy fino, que no vea yo la sangre, cien gramos de lomo embuchado y una lata de espárragos.

−Buena cena se está preparando, señor Esteban. Por cierto, ayer estuvo hablando de usted mi tío Antonio, dijo que eran amigos antes de que se fuera a Francia.

− ¿Está en Zamora?

−Sólo unos días para ver a la abuela. ¿Quiere que le diga …?

−Para, para, que tendrá muchos compromisos y al final aquí siempre acabamos encontrándonos.

El aire frío y seco le despeja el alma. Con lo que él disfruta viendo trabajar al chico de la carnicería, esas manos y esos hombros, tan anchos, tan fuertes… y que haya tenido que mentarle a su tío.

“Y la verdad es que se le parece, es clavadito a Antonio cuando tenía su edad, cuando éramos amigos, cuando soñábamos juntos con irnos a París, París, París… tardes y tardes hablando de lo mismo. A él le habían dicho que en Montmartre se juntaban los pintores. Su sueño era pintar. El mío entrar en un taller de alta costura, conocer a los grandes maestros franceses, tocar sus telas, sedas, terciopelos, cachemires, gasas…colores y estampados nunca vistos, nunca tocados, nunca olidos…

Y mi otro sueño, estar con él, reunirnos en la noche, contarnos nuestro día y entrelazar los cuerpos y los sueños con la luz de París “la belle lumière”

Él iba a encargarse de comprar los billetes, yo no tenía dinero, fui rapiñando lo de las propinas, las sisas de la compra, y le añadí el sello de la comunión y una pulsera que mi madre tenía en el fondo de un armario y que no se ponía nunca. Me dijo que él pondría el resto. Preparé mi maleta, salí de madrugada… y ya se había ido.”

−Señor Esteban, que sean buenas tardes.

−Buenas tardes doña Carmen, ni la había visto, perdone usted el despiste.

−Andaba usted en las Batuecas.

−En París, doña Carmen, andaba por París.

− ¿Conoce usted París?

−No señora, en mi vida he salido de Zamora. Me libré de la mili por ser hijo de viuda. De joven, no se pudo, y luego… esclavo de la sastrería. Como en galeras, ya ve usted.

−Y que no falte, señor Esteban.

−Y que no falte, doña Carmen. Por cierto, dígale a su marido que pasado mañana puede pasar a probarse el abrigo. Venga con él, si gusta, le va a sorprender lo elegante que está quedando.

“Le dije a mi madre que había perdido el sello. Ella nunca dijo nada de la pulsera. Yo cosí día tras día, año tras año. Y nunca vi París”

                                                          María Prieto

 Móstoles, 11 de diciembre del 2022

 

 

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