domingo, 23 de abril de 2023

LA FAENA

 Os ofrezco mi primer relato erótico, "Donde hay patrón, no manda marinero" es un aprendizaje que tengo que hacer y voy a por ello. El Taller de Escritura Creativa me está obligando a salir de mi zona de confort, pero de qué manera... y qué disfrute.

                                                            La faena

Sonó el timbre, estridente y desagradable, como todo lo que te saca de ese estirar el sueño de las mañanas de domingo. A continuación, unos golpecitos en la puerta, “contraseña vecina”, la hizo volver al espacio seguro, a la zona de no amenazas.

Miró el otro lado de su cama. Había hecho bien en mandarle a su casita. Si a la tercera cita no se habían arrugado las sábanas es que no se merecía un desayuno. No parecía mala gente, pero soso sí era un rato y, después de todo, no estaba casada con él. Libertad total, borro contacto, bloqueo teléfono, “no tengo ganas de cuidar próstatas que no haya disfrutado previamente y la suya está al caer…”

El timbre no había vuelto a sonar, “mira que es discreta”. Abrió la puerta y se encontró encima del felpudo una cesta enorme llena de verduras primorosamente dispuestas. Ese era su regalo de cumpleaños recién traído del huerto que Mercedes tenía en el pueblo.

Después de dudar si cruzaba el descansillo para darle un abrazo,  decidió posponer el momento e invitarla a comer. Levantó la cesta con esfuerzo, la colocó en la cocina y, mientras ponía el café, se sentó en una silla a mirarla.

Se pasó la mano por la nuca mirando a la encimera. Despacio, a contrapelo, sus dedos subieron produciendo un leve escalofrío y un cierto revivir cintura abajo, como un lejano rastro de otros tiempos.

En la parte trasera de la cesta, un abanico verde de hojas vivas, derechas, ensartadas en firmes pencas blancas que, a su vez, se apoyaban en los puerros, blanquiverdes, de calidad traslúcida, y vuelta al verde oscuro de las espinacas. Sin poderlo evitar metió las manos en aquella hermosura, acarició el frescor, vaporoso, con olor a tierra, primero acariciando, sin atreverse a deshacer aquel conjunto.

Notó como su respiración se aceleraba y aquella sensación llenaba ya su estómago, su pubis y sus piernas. Un golpe de calor le subió desde el pecho cuando en su viaje táctil se encontró con los calabacines, los pepinos, los nabos y aquellas zanahorias chiquititas, húmedas y frías, con su melena verde. No tuvo más remedio que tirar del manojo.

A la vez que introducía en su boca una de las más pequeñas, se empezó a pasar las hojas por el escote. Bendito y fresco cosquilleo que hizo viajar por su piel mientras devoraba los pequeños tubérculos, despacio, demorando el placer, dejando que la masa anaranjada regalase a la boca su dulzura.

Puso música de tango, no muy alta y comenzó a bailar por la cocina. Bailó primero sola y luego acompañada. El manojo de puerros supo seguirle el ritmo meciéndose entre sus pechos como el mejor amante. Poco a poco dejó que otras verduras colonizaran otras partes de su cuerpo. Despacio, perezosa, al ritmo de la música, se fue rodeando de aquellas superficies, unas brillantes y lisas, otras ásperas, rugosas, cada una con su aroma propio pero todas enlazadas en la misma canción.

Cuando sonó el teléfono tenía como almohada una preciosa calabaza cacahuete y estaba en medio de un ataque de risa que anunciaba otro orgasmo. Silenció el móvil y siguió a lo suyo.

Un rato, dos ratos, tres ratos, o una hora, o dos, o quién sabe, despertó en el suelo, con un bostezo inmenso, la sensación de pesar quinientos kilos y de no poder parar de reír.

─Joder, joder, joder, joder… parece que el café se me ha quedado frío.

 El sonido “in crescendo” de su voz y sus risas la levantaron, fue recogiendo y clasificando amorosamente todo lo tirado, incluido el móvil.

─ Mercedes, hija, me has pillado sopa, qué pasada, eres una artista, qué preciosidad de cesta, con lo que me gustan las verduras. Lo primero que voy a preparar es una menestra. Anda, vente a comer que además tengo un vino… nos vamos a chupar los dedos. Que no, mujer, que va a ser molestia, tú si que me has alegrado el día. Me doy una ducha y me pongo a la faena.

 

        María Prieto               Móstoles, 23 de abril de 2023

 


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