La primera vez pasó en el metro.
Yo volvía, agotada, después de un día de trabajo, ni mejor ni peor que los
demás, pero trabajo al fin. Cuando subí al vagón todo estaba ocupado y no pude
sentarme. Me agarré a la barra esperando que pronto quedase un hueco libre
porque los pies me estaban matando.
Lo primero que percibí fue su
olor. Entre el resto de los olores que me rodeaban destacaba un olor limpio,
fresco, a un gel de baño un poco amaderado, pero, sobre todo, a ducha reciente.
Noté que venía de alguien que estaba a mi espalda y, disfrutando de esa
cercanía, apenas si noté cuando una mano se ponía sobre mi mano. En un primer
momento iba a retirarla pensando que el roce era casual, mas, al ver que la
mano me presionaba suavemente, acariciando el dorso primero y después uno a uno
todos mis dedos, respondí colocando la otra mano sobre ella y acariciándola yo
también. Al mismo tiempo sentí como se pegaba a mí por detrás, apretándome
entre él y la barra que me rozaba agradablemente por delante. ¿Puede esto
ocurrir en un vagón atestado de gente a las ocho de la tarde? Doy fe de que sí.
Supongo que el resto de los viajeros sólo vieron como él me mordía el cuello y
yo sonreía, supongo que lo tomaron como un prólogo y no como el acto completo que
se representó ante sus ojos. Mi mano sobre la suya le iba guiando en un idioma
nuevo, creado sólo para ese momento y para esos personajes. Cuando mi mano
aflojó, declarándose satisfecha, él desapareció discretamente. No le vi la
cara, tan solo me quedó el rastro de su olor entre los demás olores, el rastro
de su roce y su presión entre los demás roces y presiones del metro atestado.
Si no hubiera vuelto a ocurrir
hubiera dudado de que aquello fue real, ¿no me quedaría dormida un momento,
pegada a la barra a la que me sujetaba?
La segunda vez fue en el ascensor
de unos grandes almacenes. Apretada entre la gente, sentí su olor, limpio, olor
a gel algo amaderado, pero, sobre todo, a ducha reciente; antes de que me
rozara por detrás, cogiera mi mano, esperara mi permiso y, tras él, me mordiera
suavemente el cuello, se apretara contra mí y dispusiera delante de mí su
cartera de mano para que me apoyara contra ella. Subimos y bajamos varias veces
disimulando entre la gente que, de entrada o de salida, se abalanzaba contra
las puertas. Desapareció cuando vio que yo había terminado y volvió a dejarme
su aroma y toda la confusión del mundo dentro de mi cabeza.
Y hubo más veces, con distintos
intervalos de tiempo, y más lugares, siempre llenos de gente, siempre “impropios”,
la cola de un concierto, la sala de un museo, el pasillo de un supermercado…
Nunca le vi la cara y siempre me
quedé con el calor de su cuerpo, su olor, una sonrisa floja en el semblante, muchas,
muchas preguntas y alguna que otra certeza.
Me sentía segura de su respeto,
del cuidado con el que me trataba, asegurándose siempre de que yo estuviera
bien. Me sentía segura de la respuesta de mi cuerpo, que se convertía en deseo
sólo con olerle llegar. Eran mis únicas certezas, el resto eran dudas sobre él
y sobre mí, dudas y fabulaciones que mi mente se permitía en los entreactos de
nuestra historia.
En el mes de abril tuve un viaje
de trabajo a Nápoles. Después de una semana intensa de reuniones, llegué al
aeropuerto en la mañana del viernes pensando en un vuelo relativamente corto y
la perspectiva de un largo fin de semana en casa.
Mis ojos buscaron la hora de
salida, pero mi mente no dio crédito a lo que ellos estaban viendo. En el
tablero negro, un vuelo tras otro aparecían como cancelados, la palabra cambiaba
del inglés al italiano pero el mensaje era inequívoco. Poco a poco el público
se fue juntando, unos pasando por las ventanillas y otros llamando a sus
agencias de viaje. Con esa solidaridad que desatan ese tipo de situaciones,
compartíamos las migajas de información que íbamos recabando.
─Parece que es una huelga del
personal de aeropuertos. Abarca toda Italia.
─Los de Vueling ni te cogen el
teléfono, tienen la maquinita conectada y no pasas de ahí.
─Por lo menos en las agencias te
contestan.
─Me acaban de decir en la
ventanilla que el próximo vuelo a Madrid es el domingo.
─A mí me ofrecen un barco hasta
Valencia y de allí un vuelo a Madrid.
─Nosotros vamos a alquilar un
coche. Si alguien quiere venirse, compartimos.
Una chica lloraba, otros les
gritaban a sus móviles, algunos se reían y hablaban de planes estrambóticos. Yo
iba acercándome a unos y a otros, pasando con ellos de la preocupación a la
carcajada.
De repente, no me lo podía creer,
tras de mí, entre todos los olores, uno fresco, de ducha reciente con un gel
algo amaderado, dos manos que cogieron suavemente mis hombros, una ristra de
pequeños besos en mi cuello y… ¡oh sorpresa! Una voz en mi oído.
─La vida nos regala un fin de
semana en Nápoles. ¿Te apetece?
María
Prieto Móstoles, 25 de mayo de 2023
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