─ ¿La casa
de la señora Rodríguez, Daniela Rodriguez?
─ ¿Le
espera la señora? Dígame su nombre.
─ Lorenzo
Arzúa. Vengo a hacer una entrevista de trabajo.
─ Siga de
frente hasta la rotonda donde se ve la bandera. Es el tercer chalet a la
derecha. Espere que apunte la matrícula del coche. Es un C3, ¿verdad?
─ Sí, un
C3, supongo que en este barrio hay pocos.
El
empleado, uniformado y de piel oscura le sonríe desde la cabina.
─ Ejemplar
único. Pero yo mataría por uno igual. Que tenga suerte con el trabajo.
─ A la
salida le cuento.
Cuando bajó
del coche, lo primero que le sorprendió fue el silencio. Cantos de pájaros, el
ladrido esporádico de algún perro… y nada más. Un silencio como de bosque o de
cementerio. Eso y el olor de las mimosas que se repartían a lo largo de la
calle, estaban en flor y emitían un aroma denso, casi empalagoso. Salió a
abrirle una chica uniformada.
─ La señora
Daniela le espera. Le acompaño porque en esta casa se puede uno perder.
En el
jardín no había mimosas, aunque se notaba el olor que venía desde la calle,
pero Lorenzo pudo observar árboles muy variados que se repartían en aparente
desorden sobre un césped cuidadísimo. A la sombra de unos pinos varias sillas y
una tumbona desde la que una mujer de pelo largo y negro, muy negro, le miraba
con descuido, como si fuera transparente, como si no hubiera nada en él que
captase su interés.
Lo primero
que pasó por su cabeza fue ya no olía el olor de las mimosas y, en su lugar,
había aparecido un olor nuevo, naranja y canela, que casaba mejor con aquella
mujer. Imaginó a la vez cómo sería tocar aquella piel y aprovechó la lejanía en
que ella se situaba para recorrer de un vistazo aquel cuerpo tirado en la
tumbona, con una bata corta, cruzada, de colores vivos.
En su mano
izquierda había una bebida, mucho hielo empañando el vaso, y buscando la
derecha, no vio mano, sólo un gancho plateado que salía de la muñeca.
─ ¿Usted es
Lorenzo? ─ pareció volver a la realidad.
─ Sí,
señora, me dijeron en la agencia que necesitaba un jardinero.
─ Necesito
un jardinero, chófer, manitas, hombre para todo, y cuando digo para todo, es
para todo. Tendrá un buen sueldo, vivirá aquí y estará disponible a todas
horas, todos los días. No quiero que aparezca más gente por aquí. Jared, a la
que ha visto, se encarga de la casa y usted de todo lo demás, seguridad
incluida, eso es muy importante. Puedo hacerle de oro, pero siga mis normas.
Tampoco quiero preguntas. Sólo ver sus papeles y que me diga si quiere
quedarse.
El olor a naranja y canela y la piel no tocada
respondieron por él. Sacó de su cartera una carpeta y se la tendió. Ella la abrió, sacó su contenido y lo miró por
encima.
─ ¿No se ha
metido nunca en ningún lío?
─ No
señora, que va. Soy ingeniero agrónomo. Necesito el trabajo.
─ Mejor
para usted. De lo demás no quiero saber nada. Bueno, sí, una cosa, saber cómo
huele. Acérquese, más, siéntese en la tumbona, aquí a mi lado. Sí, me gusta
como huele.
La mano izquierda,
fría como el hielo del vaso, le tocó la cara, se metió bajo la camisa y siguió
por los hombros y el pecho. Lorenzo no se atrevía a moverse, no sabía como
reaccionar. El contacto de la mano izquierda le avivaba el deseo, el olor le
invitaba a tomar algún tipo de iniciativa, pero el gancho era como un freno, le
producía una mezcla de excitación y miedo, quería saber lo que era tenerlo
sobre su piel, que recorriera su cuerpo…
─ Pinche
ingeniero, ¿no te dije que quería un hombre y para todo?, ¿es que no sabes lo
que tienes que hacer?
Lorenzo
agarró el gancho y, ante la perplejidad de la señora, empezó a recorrer todo su
cuerpo con él. Lo hizo el protagonista de aquel extraño encuentro. La sensación
era como la de una serpiente sobre su piel, fría y peligrosa, pero estaba la
mano izquierda, ya cálida por las caricias, que servía de contrapunto. Rodaron
desde la tumbona al césped. Ella sabía muy bien lo que quería y lo fue
pidiendo. Él disfrutó de aquello dejándose llevar por su cuerpo, por las
sensaciones nunca antes gustadas que éste le transmitía, y esforzándose también
en complacerla sin oír el ronroneo de su mente, las mil preguntas que le
surgían ante lo que estaba sucediendo, el saber que debía tomar en breve una
decisión importante. Todo lo pospuso al estallido de sus cuerpos, tras él,
quedaron tumbados en suelo disfrutando de los resquicios de sol que se colaban
entre las ramas de los pinos.
─ Bueno,
pues ya está, si usted quiere, le espero mañana a las ocho.
Lorenzo
guardó sus papeles en la cartera, suspiró profundamente y, con la decisión
tomada, sacó una pistola de ella con la que apuntó a la señora.
─ Daniela
Rodríguez, me han mandado desde México, no sé lo que ha hecho ni me importa,
pero no debe ser pequeño porque se toman muchas molestias con usted. Supongo
que lo de la mano fue una advertencia y que no hizo caso. Nunca han dejado de
buscarla. No sabe que hay gente a la que no se puede engañar y eso le va a
costar muy caro.
El disparo,
con silenciador, no hizo demasiado ruido. Salió rápidamente a la calle sin que
la empleada apareciera. En la caseta el chico de seguridad le levantó la barra.
─ ¿Hubo
suerte?
─ Me dijo
que no.
─ Aparecerá
otra cosa, entre usted y yo, la señora es medio rara…
María Prieto Móstoles, 30
de mayo de 2023
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