martes, 20 de junio de 2023

LA SEÑORA

 

─ ¿La casa de la señora Rodríguez, Daniela Rodriguez?

─ ¿Le espera la señora? Dígame su nombre.

─ Lorenzo Arzúa. Vengo a hacer una entrevista de trabajo.

─ Siga de frente hasta la rotonda donde se ve la bandera. Es el tercer chalet a la derecha. Espere que apunte la matrícula del coche. Es un C3, ¿verdad?

─ Sí, un C3, supongo que en este barrio hay pocos.

El empleado, uniformado y de piel oscura le sonríe desde la cabina.

─ Ejemplar único. Pero yo mataría por uno igual. Que tenga suerte con el trabajo.

─ A la salida le cuento.

Cuando bajó del coche, lo primero que le sorprendió fue el silencio. Cantos de pájaros, el ladrido esporádico de algún perro… y nada más. Un silencio como de bosque o de cementerio. Eso y el olor de las mimosas que se repartían a lo largo de la calle, estaban en flor y emitían un aroma denso, casi empalagoso. Salió a abrirle una chica uniformada.

─ La señora Daniela le espera. Le acompaño porque en esta casa se puede uno perder.

En el jardín no había mimosas, aunque se notaba el olor que venía desde la calle, pero Lorenzo pudo observar árboles muy variados que se repartían en aparente desorden sobre un césped cuidadísimo. A la sombra de unos pinos varias sillas y una tumbona desde la que una mujer de pelo largo y negro, muy negro, le miraba con descuido, como si fuera transparente, como si no hubiera nada en él que captase su interés.

Lo primero que pasó por su cabeza fue ya no olía el olor de las mimosas y, en su lugar, había aparecido un olor nuevo, naranja y canela, que casaba mejor con aquella mujer. Imaginó a la vez cómo sería tocar aquella piel y aprovechó la lejanía en que ella se situaba para recorrer de un vistazo aquel cuerpo tirado en la tumbona, con una bata corta, cruzada, de colores vivos.

En su mano izquierda había una bebida, mucho hielo empañando el vaso, y buscando la derecha, no vio mano, sólo un gancho plateado que salía de la muñeca.

─ ¿Usted es Lorenzo? ─ pareció volver a la realidad.

─ Sí, señora, me dijeron en la agencia que necesitaba un jardinero.

─ Necesito un jardinero, chófer, manitas, hombre para todo, y cuando digo para todo, es para todo. Tendrá un buen sueldo, vivirá aquí y estará disponible a todas horas, todos los días. No quiero que aparezca más gente por aquí. Jared, a la que ha visto, se encarga de la casa y usted de todo lo demás, seguridad incluida, eso es muy importante. Puedo hacerle de oro, pero siga mis normas. Tampoco quiero preguntas. Sólo ver sus papeles y que me diga si quiere quedarse.

 El olor a naranja y canela y la piel no tocada respondieron por él. Sacó de su cartera una carpeta y se la tendió.  Ella la abrió, sacó su contenido y lo miró por encima.

─ ¿No se ha metido nunca en ningún lío?

─ No señora, que va. Soy ingeniero agrónomo. Necesito el trabajo.

─ Mejor para usted. De lo demás no quiero saber nada. Bueno, sí, una cosa, saber cómo huele. Acérquese, más, siéntese en la tumbona, aquí a mi lado. Sí, me gusta como huele.

La mano izquierda, fría como el hielo del vaso, le tocó la cara, se metió bajo la camisa y siguió por los hombros y el pecho. Lorenzo no se atrevía a moverse, no sabía como reaccionar. El contacto de la mano izquierda le avivaba el deseo, el olor le invitaba a tomar algún tipo de iniciativa, pero el gancho era como un freno, le producía una mezcla de excitación y miedo, quería saber lo que era tenerlo sobre su piel, que recorriera su cuerpo…

─ Pinche ingeniero, ¿no te dije que quería un hombre y para todo?, ¿es que no sabes lo que tienes que hacer?

Lorenzo agarró el gancho y, ante la perplejidad de la señora, empezó a recorrer todo su cuerpo con él. Lo hizo el protagonista de aquel extraño encuentro. La sensación era como la de una serpiente sobre su piel, fría y peligrosa, pero estaba la mano izquierda, ya cálida por las caricias, que servía de contrapunto. Rodaron desde la tumbona al césped. Ella sabía muy bien lo que quería y lo fue pidiendo. Él disfrutó de aquello dejándose llevar por su cuerpo, por las sensaciones nunca antes gustadas que éste le transmitía, y esforzándose también en complacerla sin oír el ronroneo de su mente, las mil preguntas que le surgían ante lo que estaba sucediendo, el saber que debía tomar en breve una decisión importante. Todo lo pospuso al estallido de sus cuerpos, tras él, quedaron tumbados en suelo disfrutando de los resquicios de sol que se colaban entre las ramas de los pinos.

─ Bueno, pues ya está, si usted quiere, le espero mañana a las ocho.

Lorenzo guardó sus papeles en la cartera, suspiró profundamente y, con la decisión tomada, sacó una pistola de ella con la que apuntó a la señora.

─ Daniela Rodríguez, me han mandado desde México, no sé lo que ha hecho ni me importa, pero no debe ser pequeño porque se toman muchas molestias con usted. Supongo que lo de la mano fue una advertencia y que no hizo caso. Nunca han dejado de buscarla. No sabe que hay gente a la que no se puede engañar y eso le va a costar muy caro.

El disparo, con silenciador, no hizo demasiado ruido. Salió rápidamente a la calle sin que la empleada apareciera. En la caseta el chico de seguridad le levantó la barra.

─ ¿Hubo suerte?

─ Me dijo que no.

─ Aparecerá otra cosa, entre usted y yo, la señora es medio rara…

 

María Prieto                                  Móstoles, 30 de mayo de 2023

 

 

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