martes, 20 de junio de 2023

LA MANO FANTASMA

 

Querría intervenir pero no puedo. Estoy condenada a estar sin estar, a acariciar sin sentir y sin que me sientan, a no existir sino en su mente.

Cuando ahora les vivo tumbados en el césped, la bata de colores alegres tirada a un lado de la tumbona y los hielos derritiéndose en un vaso cada vez más empañado; cuando vivo como las manos, manos en plural, dos manos, de él se agarran a sus pechos; cuando vivo como un garfio plateado ocupa mi lugar trepando por su espalda, un garfio que no siente la piel que está habitando, ni el músculo que hay debajo, ni el frío ni el calor que esa espalda provoca; un garfio que podría traspasar esa piel, rasgar el músculo, crear dolor y no se enteraría… Cuando todo eso ocurre, echo tanto de menos el sitio que ocupaba…

Pasó una tarde. La señora paseaba por un centro comercial de alto standing en la Ciudad de México. Se respiraba el lujo sólo al alcance de unos pocos, los precios eran en dólares y muy altos. La belleza se fabricaba entre cristales, luces y espejos. Y, aún así, ella destacaba entre la gente, con sus andares resueltos y su melena negra, negrísima.

 En un instante, dos hombres la agarraron de los brazos, la bajaron al parking y la metieron en un coche. Nadie pudo ver como una pistola la apuntaba, nadie pudo oír lo que, en voz baja, le decían.

─ Señora, parece que los tiene hasta la madre. Hay gente a la que no se puede engañar. No señora, no.

─ Si me van a matar háganlo ya, culeros, cabrones, hijos de la chingada.

─ No señora, esto solo es una advertencia. Luego no diga que no le avisaron.

La llevaron a una clínica y le inyectaron algo. Cuando despertó, yo había desaparecido y el garfio ocupaba mi lugar.

Yo fui la única pérdida. No perdió su dinero, su belleza, su inteligencia ni su orgullo. Paseó por el mundo en busca del sitio más discreto desde el que, sin escrúpulo alguno, poder comprar, vender, amenazar, trasladar, esconder, engañar, matar sin morir.

Sé que me echa de menos, aunque se dejaría matar antes de reconocerlo. No puede hacer todo lo que yo hacía. A veces me siente como si estuviera; bien como un hormigueo que perfila mis antiguos límites y la obliga a mirar y asimilar mi ausencia, bien como un dolor sordo que encrespa sus mandíbulas, le hace saltar las lágrimas y la obliga a buscar drogas o medicinas. Pero ella es fuerte y luchadora y, sobre todo, sale adelante siempre. Pelea la vida, segundo a segundo.

Y aquí estoy yo, queriendo sostener el vaso, alisar la arruga de la bata, acariciar la espalda del amante y sentir, sentir que el otro siente lo que doy, sentir que siento el roce de la piel, el músculo que hay debajo, el frío y el calor que el contacto provoca… y no es cierto, no puedo hacer sentir ni sentir nada, sólo soy un fantasma, una mano fantasma que habita en su cerebro.

 

        María Prieto                       Móstoles, 6 de junio de 2023

 

 

LA SEÑORA

 

─ ¿La casa de la señora Rodríguez, Daniela Rodriguez?

─ ¿Le espera la señora? Dígame su nombre.

─ Lorenzo Arzúa. Vengo a hacer una entrevista de trabajo.

─ Siga de frente hasta la rotonda donde se ve la bandera. Es el tercer chalet a la derecha. Espere que apunte la matrícula del coche. Es un C3, ¿verdad?

─ Sí, un C3, supongo que en este barrio hay pocos.

El empleado, uniformado y de piel oscura le sonríe desde la cabina.

─ Ejemplar único. Pero yo mataría por uno igual. Que tenga suerte con el trabajo.

─ A la salida le cuento.

Cuando bajó del coche, lo primero que le sorprendió fue el silencio. Cantos de pájaros, el ladrido esporádico de algún perro… y nada más. Un silencio como de bosque o de cementerio. Eso y el olor de las mimosas que se repartían a lo largo de la calle, estaban en flor y emitían un aroma denso, casi empalagoso. Salió a abrirle una chica uniformada.

─ La señora Daniela le espera. Le acompaño porque en esta casa se puede uno perder.

En el jardín no había mimosas, aunque se notaba el olor que venía desde la calle, pero Lorenzo pudo observar árboles muy variados que se repartían en aparente desorden sobre un césped cuidadísimo. A la sombra de unos pinos varias sillas y una tumbona desde la que una mujer de pelo largo y negro, muy negro, le miraba con descuido, como si fuera transparente, como si no hubiera nada en él que captase su interés.

Lo primero que pasó por su cabeza fue ya no olía el olor de las mimosas y, en su lugar, había aparecido un olor nuevo, naranja y canela, que casaba mejor con aquella mujer. Imaginó a la vez cómo sería tocar aquella piel y aprovechó la lejanía en que ella se situaba para recorrer de un vistazo aquel cuerpo tirado en la tumbona, con una bata corta, cruzada, de colores vivos.

En su mano izquierda había una bebida, mucho hielo empañando el vaso, y buscando la derecha, no vio mano, sólo un gancho plateado que salía de la muñeca.

─ ¿Usted es Lorenzo? ─ pareció volver a la realidad.

─ Sí, señora, me dijeron en la agencia que necesitaba un jardinero.

─ Necesito un jardinero, chófer, manitas, hombre para todo, y cuando digo para todo, es para todo. Tendrá un buen sueldo, vivirá aquí y estará disponible a todas horas, todos los días. No quiero que aparezca más gente por aquí. Jared, a la que ha visto, se encarga de la casa y usted de todo lo demás, seguridad incluida, eso es muy importante. Puedo hacerle de oro, pero siga mis normas. Tampoco quiero preguntas. Sólo ver sus papeles y que me diga si quiere quedarse.

 El olor a naranja y canela y la piel no tocada respondieron por él. Sacó de su cartera una carpeta y se la tendió.  Ella la abrió, sacó su contenido y lo miró por encima.

─ ¿No se ha metido nunca en ningún lío?

─ No señora, que va. Soy ingeniero agrónomo. Necesito el trabajo.

─ Mejor para usted. De lo demás no quiero saber nada. Bueno, sí, una cosa, saber cómo huele. Acérquese, más, siéntese en la tumbona, aquí a mi lado. Sí, me gusta como huele.

La mano izquierda, fría como el hielo del vaso, le tocó la cara, se metió bajo la camisa y siguió por los hombros y el pecho. Lorenzo no se atrevía a moverse, no sabía como reaccionar. El contacto de la mano izquierda le avivaba el deseo, el olor le invitaba a tomar algún tipo de iniciativa, pero el gancho era como un freno, le producía una mezcla de excitación y miedo, quería saber lo que era tenerlo sobre su piel, que recorriera su cuerpo…

─ Pinche ingeniero, ¿no te dije que quería un hombre y para todo?, ¿es que no sabes lo que tienes que hacer?

Lorenzo agarró el gancho y, ante la perplejidad de la señora, empezó a recorrer todo su cuerpo con él. Lo hizo el protagonista de aquel extraño encuentro. La sensación era como la de una serpiente sobre su piel, fría y peligrosa, pero estaba la mano izquierda, ya cálida por las caricias, que servía de contrapunto. Rodaron desde la tumbona al césped. Ella sabía muy bien lo que quería y lo fue pidiendo. Él disfrutó de aquello dejándose llevar por su cuerpo, por las sensaciones nunca antes gustadas que éste le transmitía, y esforzándose también en complacerla sin oír el ronroneo de su mente, las mil preguntas que le surgían ante lo que estaba sucediendo, el saber que debía tomar en breve una decisión importante. Todo lo pospuso al estallido de sus cuerpos, tras él, quedaron tumbados en suelo disfrutando de los resquicios de sol que se colaban entre las ramas de los pinos.

─ Bueno, pues ya está, si usted quiere, le espero mañana a las ocho.

Lorenzo guardó sus papeles en la cartera, suspiró profundamente y, con la decisión tomada, sacó una pistola de ella con la que apuntó a la señora.

─ Daniela Rodríguez, me han mandado desde México, no sé lo que ha hecho ni me importa, pero no debe ser pequeño porque se toman muchas molestias con usted. Supongo que lo de la mano fue una advertencia y que no hizo caso. Nunca han dejado de buscarla. No sabe que hay gente a la que no se puede engañar y eso le va a costar muy caro.

El disparo, con silenciador, no hizo demasiado ruido. Salió rápidamente a la calle sin que la empleada apareciera. En la caseta el chico de seguridad le levantó la barra.

─ ¿Hubo suerte?

─ Me dijo que no.

─ Aparecerá otra cosa, entre usted y yo, la señora es medio rara…

 

María Prieto                                  Móstoles, 30 de mayo de 2023

 

 

ENTRE LA GENTE

 

La primera vez pasó en el metro. Yo volvía, agotada, después de un día de trabajo, ni mejor ni peor que los demás, pero trabajo al fin. Cuando subí al vagón todo estaba ocupado y no pude sentarme. Me agarré a la barra esperando que pronto quedase un hueco libre porque los pies me estaban matando.

Lo primero que percibí fue su olor. Entre el resto de los olores que me rodeaban destacaba un olor limpio, fresco, a un gel de baño un poco amaderado, pero, sobre todo, a ducha reciente. Noté que venía de alguien que estaba a mi espalda y, disfrutando de esa cercanía, apenas si noté cuando una mano se ponía sobre mi mano. En un primer momento iba a retirarla pensando que el roce era casual, mas, al ver que la mano me presionaba suavemente, acariciando el dorso primero y después uno a uno todos mis dedos, respondí colocando la otra mano sobre ella y acariciándola yo también. Al mismo tiempo sentí como se pegaba a mí por detrás, apretándome entre él y la barra que me rozaba agradablemente por delante. ¿Puede esto ocurrir en un vagón atestado de gente a las ocho de la tarde? Doy fe de que sí. Supongo que el resto de los viajeros sólo vieron como él me mordía el cuello y yo sonreía, supongo que lo tomaron como un prólogo y no como el acto completo que se representó ante sus ojos. Mi mano sobre la suya le iba guiando en un idioma nuevo, creado sólo para ese momento y para esos personajes. Cuando mi mano aflojó, declarándose satisfecha, él desapareció discretamente. No le vi la cara, tan solo me quedó el rastro de su olor entre los demás olores, el rastro de su roce y su presión entre los demás roces y presiones del metro atestado.

Si no hubiera vuelto a ocurrir hubiera dudado de que aquello fue real, ¿no me quedaría dormida un momento, pegada a la barra a la que me sujetaba?

La segunda vez fue en el ascensor de unos grandes almacenes. Apretada entre la gente, sentí su olor, limpio, olor a gel algo amaderado, pero, sobre todo, a ducha reciente; antes de que me rozara por detrás, cogiera mi mano, esperara mi permiso y, tras él, me mordiera suavemente el cuello, se apretara contra mí y dispusiera delante de mí su cartera de mano para que me apoyara contra ella. Subimos y bajamos varias veces disimulando entre la gente que, de entrada o de salida, se abalanzaba contra las puertas. Desapareció cuando vio que yo había terminado y volvió a dejarme su aroma y toda la confusión del mundo dentro de mi cabeza.

Y hubo más veces, con distintos intervalos de tiempo, y más lugares, siempre llenos de gente, siempre “impropios”, la cola de un concierto, la sala de un museo, el pasillo de un supermercado…

Nunca le vi la cara y siempre me quedé con el calor de su cuerpo, su olor, una sonrisa floja en el semblante, muchas, muchas preguntas y alguna que otra certeza.

Me sentía segura de su respeto, del cuidado con el que me trataba, asegurándose siempre de que yo estuviera bien. Me sentía segura de la respuesta de mi cuerpo, que se convertía en deseo sólo con olerle llegar. Eran mis únicas certezas, el resto eran dudas sobre él y sobre mí, dudas y fabulaciones que mi mente se permitía en los entreactos de nuestra historia.

En el mes de abril tuve un viaje de trabajo a Nápoles. Después de una semana intensa de reuniones, llegué al aeropuerto en la mañana del viernes pensando en un vuelo relativamente corto y la perspectiva de un largo fin de semana en casa.

Mis ojos buscaron la hora de salida, pero mi mente no dio crédito a lo que ellos estaban viendo. En el tablero negro, un vuelo tras otro aparecían como cancelados, la palabra cambiaba del inglés al italiano pero el mensaje era inequívoco. Poco a poco el público se fue juntando, unos pasando por las ventanillas y otros llamando a sus agencias de viaje. Con esa solidaridad que desatan ese tipo de situaciones, compartíamos las migajas de información que íbamos recabando.

─Parece que es una huelga del personal de aeropuertos. Abarca toda Italia.

─Los de Vueling ni te cogen el teléfono, tienen la maquinita conectada y no pasas de ahí.

─Por lo menos en las agencias te contestan.

─Me acaban de decir en la ventanilla que el próximo vuelo a Madrid es el domingo.

─A mí me ofrecen un barco hasta Valencia y de allí un vuelo a Madrid.

─Nosotros vamos a alquilar un coche. Si alguien quiere venirse, compartimos.

Una chica lloraba, otros les gritaban a sus móviles, algunos se reían y hablaban de planes estrambóticos. Yo iba acercándome a unos y a otros, pasando con ellos de la preocupación a la carcajada.

De repente, no me lo podía creer, tras de mí, entre todos los olores, uno fresco, de ducha reciente con un gel algo amaderado, dos manos que cogieron suavemente mis hombros, una ristra de pequeños besos en mi cuello y… ¡oh sorpresa! Una voz en mi oído.

─La vida nos regala un fin de semana en Nápoles. ¿Te apetece?

 

                 María Prieto        Móstoles, 25 de mayo de 2023

 

  Nunca pensé hablar contigo ─Creo que querías hablar conmigo… ─Así es. Siéntate, por favor, que esto puede ser largo. ─Pues tú dirás....