Querría intervenir pero no puedo.
Estoy condenada a estar sin estar, a acariciar sin sentir y sin que me sientan,
a no existir sino en su mente.
Cuando ahora les vivo tumbados en
el césped, la bata de colores alegres tirada a un lado de la tumbona y los
hielos derritiéndose en un vaso cada vez más empañado; cuando vivo como las
manos, manos en plural, dos manos, de él se agarran a sus pechos; cuando vivo
como un garfio plateado ocupa mi lugar trepando por su espalda, un garfio que
no siente la piel que está habitando, ni el músculo que hay debajo, ni el frío
ni el calor que esa espalda provoca; un garfio que podría traspasar esa piel,
rasgar el músculo, crear dolor y no se enteraría… Cuando todo eso ocurre, echo
tanto de menos el sitio que ocupaba…
Pasó una tarde. La señora paseaba
por un centro comercial de alto standing en la Ciudad de México. Se respiraba
el lujo sólo al alcance de unos pocos, los precios eran en dólares y muy altos.
La belleza se fabricaba entre cristales, luces y espejos. Y, aún así, ella
destacaba entre la gente, con sus andares resueltos y su melena negra,
negrísima.
En un instante, dos hombres la agarraron de
los brazos, la bajaron al parking y la metieron en un coche. Nadie pudo ver
como una pistola la apuntaba, nadie pudo oír lo que, en voz baja, le decían.
─ Señora, parece que los tiene
hasta la madre. Hay gente a la que no se puede engañar. No señora, no.
─ Si me van a matar háganlo ya,
culeros, cabrones, hijos de la chingada.
─ No señora, esto solo es una
advertencia. Luego no diga que no le avisaron.
La llevaron a una clínica y le
inyectaron algo. Cuando despertó, yo había desaparecido y el garfio ocupaba mi
lugar.
Yo fui la única pérdida. No
perdió su dinero, su belleza, su inteligencia ni su orgullo. Paseó por el mundo
en busca del sitio más discreto desde el que, sin escrúpulo alguno, poder
comprar, vender, amenazar, trasladar, esconder, engañar, matar sin morir.
Sé que me echa de menos, aunque
se dejaría matar antes de reconocerlo. No puede hacer todo lo que yo hacía. A
veces me siente como si estuviera; bien como un hormigueo que perfila mis
antiguos límites y la obliga a mirar y asimilar mi ausencia, bien como un dolor
sordo que encrespa sus mandíbulas, le hace saltar las lágrimas y la obliga a
buscar drogas o medicinas. Pero ella es fuerte y luchadora y, sobre todo, sale
adelante siempre. Pelea la vida, segundo a segundo.
Y aquí estoy yo, queriendo
sostener el vaso, alisar la arruga de la bata, acariciar la espalda del amante
y sentir, sentir que el otro siente lo que doy, sentir que siento el roce de la
piel, el músculo que hay debajo, el frío y el calor que el contacto provoca… y
no es cierto, no puedo hacer sentir ni sentir nada, sólo soy un fantasma, una
mano fantasma que habita en su cerebro.
María
Prieto Móstoles, 6
de junio de 2023