martes, 24 de octubre de 2023

LA LLAVE

Ya sé que no me oyes, da igual, yo te lo digo, antes de que te mueras. No quiero que te vayas de rositas. De algo te enterarás, o, por lo menos, yo me quedaré aquí con todo dicho, libre de cargas. Mi vida, poca cosa va a ser ya, me la dejas escrita, a golpe de palabras, a golpe de desprecios, a golpe de golpes.

Tú, “Su señoría”, el “Señor Juez del Tribunal Supremo”, imposible ser más respetable, convenciste a mamá de que no hablase y ella eligió morir, un paro cardiaco, tan joven y tan guapa… pero con la amenaza, que se llevó, como un triste sudario, de perder a sus hijos si pedía el divorcio, o de ser encerrada en un loquero, dependiendo del día.

Ella no pudo hablar, más yo escuchaba. Yo era invisible, la pequeña, mis dos hermanos en un colegio en Londres, ajenos a todo, pero yo era toda ojos y oídos, no podía crecer de tanta angustia y vivía de rincón en rincón, huyendo de la vida de esta casa pero, sobre todo, huyendo de ti.

De ti, el padre modelo que aparecía en las fotos visitando a mis hermanos que, con uniformes de colegio caro, posaban contigo con una alegría que yo no podía entender.

Porque todas esas sonrisas y esos abrazos no existían en casa. Si yo me encontraba contigo en un pasillo recibía una mirada que me hacía volver a esconderme, cuando no una palabra con filo de cuchillo o un golpe, así de refilón, sin mirarme siquiera.

Fuera de casa la historia era distinta, cualquiera que nos viera saliendo de misa los domingos pensaría que esa pareja tan elegante, tan sonriente, con su niña en el centro, eran la imagen viva del amor y la armonía. Incluso los vecinos lo pensaban porque todo el maltrato era en silencio.

 En nuestra casa no se oían voces, el sonido que más miedo nos daba era el ruido de tu llave en la puerta. Ya ves que ruido, pues ese sonido nos disparaba a las dos el corazón. Mamá buscaba una tarea tras la que ocultarse y yo, directamente, me iba a mi cuarto. Me hubiera gustado cerrar la puerta, pero no podía, tenía que vigilar, ser la testigo de aquello que nadie podría nunca creerse.

La muerte de mamá se hizo tan dura… Por una parte fue liberadora, dejé de tener miedo por ella, pero ahora estaba sola, cuando sonaba la llave era solo para mí.

El día en que intentaste abrazarme algo se disparó en mi interior y encontré el límite que no quería que traspasaras, tú que no habías tenido nunca ningún límite. No podía pensar en denunciarte, nadie me iba a creer, pero te iba a matar, ya sabía cómo. Llevaba tantos años planeándolo que no me iba a fallar.

Y aquí estamos, señor magistrado, estás a punto de morir y nadie sospecha de esta jovencita que llora compungida al lado de tu cama. Ya no oiré más la llave en la puerta. Yo soy la llave que me abre a la vida. En cuanto a mis hermanos… ya veré qué les cuento.

        María Prieto                       Móstoles 12/10/23   

 


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