Ya sé que no me oyes, da igual,
yo te lo digo, antes de que te mueras. No quiero que te vayas de rositas. De
algo te enterarás, o, por lo menos, yo me quedaré aquí con todo dicho, libre de
cargas. Mi vida, poca cosa va a ser ya, me la dejas escrita, a golpe de
palabras, a golpe de desprecios, a golpe de golpes.
Tú, “Su señoría”, el “Señor Juez
del Tribunal Supremo”, imposible ser más respetable, convenciste a mamá de que
no hablase y ella eligió morir, un paro cardiaco, tan joven y tan guapa… pero
con la amenaza, que se llevó, como un triste sudario, de perder a sus hijos si
pedía el divorcio, o de ser encerrada en un loquero, dependiendo del día.
Ella no pudo hablar, más yo
escuchaba. Yo era invisible, la pequeña, mis dos hermanos en un colegio en
Londres, ajenos a todo, pero yo era toda ojos y oídos, no podía crecer de tanta
angustia y vivía de rincón en rincón, huyendo de la vida de esta casa pero,
sobre todo, huyendo de ti.
De ti, el padre modelo que
aparecía en las fotos visitando a mis hermanos que, con uniformes de colegio
caro, posaban contigo con una alegría que yo no podía entender.
Porque todas esas sonrisas y esos
abrazos no existían en casa. Si yo me encontraba contigo en un pasillo recibía
una mirada que me hacía volver a esconderme, cuando no una palabra con filo de
cuchillo o un golpe, así de refilón, sin mirarme siquiera.
Fuera de casa la historia era
distinta, cualquiera que nos viera saliendo de misa los domingos pensaría que
esa pareja tan elegante, tan sonriente, con su niña en el centro, eran la
imagen viva del amor y la armonía. Incluso los vecinos lo pensaban porque todo
el maltrato era en silencio.
En nuestra casa no se oían voces, el sonido
que más miedo nos daba era el ruido de tu llave en la puerta. Ya ves que ruido,
pues ese sonido nos disparaba a las dos el corazón. Mamá buscaba una tarea tras
la que ocultarse y yo, directamente, me iba a mi cuarto. Me hubiera gustado
cerrar la puerta, pero no podía, tenía que vigilar, ser la testigo de aquello
que nadie podría nunca creerse.
La muerte de mamá se hizo tan
dura… Por una parte fue liberadora, dejé de tener miedo por ella, pero ahora
estaba sola, cuando sonaba la llave era solo para mí.
El día en que intentaste
abrazarme algo se disparó en mi interior y encontré el límite que no quería que
traspasaras, tú que no habías tenido nunca ningún límite. No podía pensar en
denunciarte, nadie me iba a creer, pero te iba a matar, ya sabía cómo. Llevaba
tantos años planeándolo que no me iba a fallar.
Y aquí estamos, señor magistrado,
estás a punto de morir y nadie sospecha de esta jovencita que llora compungida
al lado de tu cama. Ya no oiré más la llave en la puerta. Yo soy la llave que
me abre a la vida. En cuanto a mis hermanos… ya veré qué les cuento.
María
Prieto Móstoles
12/10/23
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