Los hijos
Yo te cuento lo que quieras, pero
no voy a parar de lavar mientras tanto. Somos mucha gente a ensuciar ropa, los
de casa, los que están en la mili, que cada domingo vienen con el petate, y los
que andan de temporeros que no te digo como está la ropa cuando la traen.
Total, que no puedo quitarme de la pila. ¿Qué cuántos hijos tuvimos? Echa tú
misma la cuenta y si mientras vas restregando eso, mejor que mejor.
El primero se llamó Celestino,
por su padre, no había duda posible. El segundo, Manuel, como él mismo. Luego
vino la chica y fue Isabel, como mi madre.
A partir de ahí fue la locura, no
sé dónde le dejaron libros y empezó a leer, creo que la Biblia. El caso es que
dijo que el siguiente se llamaba Abel, no era un nombre muy normal en el pueblo,
pero tenía un pasar. Luego vino una niña, la quería llamar Eva y yo dije que ni
hablar, que así se llamaba la perra de Zacarías. La puso Sacramento, no llegó a
dos años lo que vivió la criatura. Mientras, estaba yo ya esperando otro y dijo
que si era un chico se iba a llamar Caín. Y vaya que fue un chico, menuda la que
se armó. En el ayuntamiento no pusieron pegas, pero no quiso bautizarlo ningún
cura de los alrededores. Su madre lo arregló. Lo envolvió en un mantón y lo
llevó a la iglesia, le dijo al cura que le pusiera Ángel. Nunca nadie le llamó
así pero su madre se quedó tranquila.
Los mellizos nacieron al llegar
la república, todo el pueblo esperando a ver qué les ponía. Salud, la niña, que
murió a los pocos meses. Al chico le llamó Libertad. Creció sano, pero hubo que
cambiarle el nombre. Me llamaron del ayuntamiento tiempo después preguntando que
cómo se llamaba, que allí estaba escrito algo que debía ser un mote. Le puse
Juan José, como mi hermano, a su padre le habían matado ya y no pudo opinar.
Al último, Julián, le puse el
nombre sola, le puse el nombre de mi sobrino muerto en la guerra, alegrándome
de que aquel hijo viviera porque llevaba tres días en que no le sentía. Desde
el momento en que me dijeron que habían cogido a mi marido preso, el niño dejó
de moverse y yo pensé que se había muerto.
Pronto nos dimos cuenta de que era
sordo, yo siempre le he echado la culpa a aquellos tres días hasta que me puse
de parto. Espera, restriega esas manchas bien que nadie te va a preguntar lo
que has tardado en hacerlo.
Claro que lo llevé al médico y me
dijo que había colegios de sordomudos. Yo no podía pagarlos, fui al
ayuntamiento a pedir plaza y me dijeron que me llamarían. Nunca la pidieron. Me
harté de ir a preguntar hasta que un día pillé a uno que me lo explicó. Los
papeles seguían en el mismo cajón. Los hijos de los rojos no tenían derecho a
nada. Sus hermanos mayores le enseñaron a ser un buen albañil, como su padre.
Celestino, el mayor, se fue de
casa. No pudo soportar la vergüenza que cayó sobre la familia, su padre
fusilado y su hermano Manuel preso. Cuando más falta nos hacía, no pudimos
contar con los dos mayores. A Manuel y a otro chico que andaba con él, dos
críos, les acusaron de la muerte de un hombre que vivía en el campo, medio loco
y solo. Nadie lo vio, ellos lo negaron, pero, en aquel momento, no teníamos a
quién acudir. Cuando lo soltaron no volvió al pueblo, se fue a Madrid a
trabajar y allí se casó.
Alguien del pueblo dijo que
habían visto a Celestino por Valencia, que estaba con unos frailes y que decía
rezar “por el alma de sus padres, muertos en la guerra”.
Ve tendiendo esas sábanas ahí en
los alambres mientras yo pongo esto al sol para que se blanquee.
A mí nadie me hizo nada. Nadie me
oyó hablar nunca, ni antes, ni después, y apenas si salía de mi casa, mi hija
salía a hacer todo lo de fuera y cuidaba a los pequeños, hasta que a los
diecisiete años se fue a Madrid a servir.
Los cuatro chicos, Abel, el
primero, empezaron a trabajar en lo que les salía. Al principio pasamos
estrecheces, pero fuimos saliendo adelante con buena administración. Cuando
matábamos el cerdo se vendían los jamones, los brazuelos y los lomos. Con lo
demás tirábamos. Mis hijos iban a por hierba y criábamos conejos, que también
vendíamos. Iban a la rebusca, buscaban caracoles, espárragos… cualquier cosa
que pudiera echarse a la olla.
Vendía los huevos de las
gallinas, una vez tenía muchos y se los vendí a un hombre que vino por el
pueblo y me los pagó bien. Yo tan contenta hasta que me enteré de que las
pesetas de la república ya no valían. Qué enfado se cogieron los muchachos por
los huevos que no se habían comido. Sí, tú ríete, menuda gracia tuvo.
Cuando mi hija vino de Madrid
diciendo que hablaba con el mayor de la Juliana, el que era ya sargento, se me
revolvieron las tripas y me vino algo ácido a la boca. “¿No había nadie más en
Madrid con quien ponerte novia? Dicen que su padre fue de los que firmó para
que mataran al tuyo.”
No tardó en llegar el sargento al
pueblo y le hizo jurar a su padre que no había firmado. Sería verdad si él lo
juró, de qué me sirve ponerlo en duda, vete tú a averiguar, la Isabel dijo que
si había tenido algo que ver no habría boda… Lo juró y se casaron.
Según mis hijos venían a Madrid a
hacer la mili, buscaban trabajo por aquí y ya no volvían al pueblo. Al final
nos vinimos también Julián y yo. Hemos comprado un piso para vivir los cinco,
nos lo van a dar pronto. Mientras estamos con mi hija, en una casa de las de
los militares, está esperando el tercero. Entre unos y otros, yo todo el día
puesta en la pila del patio, qué lujo el agua en la misma pila y la alfalfa que
siega mi yerno para que tienda la ropa al sol.