Con la mano derecha alisa con
cuidado los patrones de papel manila cogidos con alfileres a la tela. Busca un
trozo de jaboncillo, elije el azul oscuro, pero antes de trazar la línea, se lo
lleva a la nariz, le llega un rastro de perfume, muy leve, muy antiguo, como al
jabón de olor que usaba su madre, el que sacaba cuando venía el médico…
− ¿Sabes, Marcela, que este jabón
azul lo elegí yo? Menuda bronca me gané. Todavía iba a la escuela y mi madre me
mandó a por hilos, vi los jabones enteros, brillantes, nuevecitos, y compré
este. Me cayó una buena.
−Mucho genio su madre, señor
Esteban.
−Era buena y me lo dio todo.
Puntada a puntada me sacó adelante. Compró el piso y montó el taller, todo lo
que hay aquí lo puso ella. Bueno, cuando murió yo empecé a comprar el papel
manila para los patrones. Fue el único cambio que hubo en esta casa.
−Me acuerdo yo de eso, estaba yo
de aprendiza y siempre andaba usted con ese tema, pero ella decía que para qué
ese gasto habiendo periódicos gratis. Menudas zaragatas que montaban. Bueno, ya
quisiera yo un hijo así, su madre podía estar orgullosa. Zaragatas las que
tengo yo con mi Paco. Lo del papel era una tontería.
−Marcela, tráete a tu hijo.
Trabajo no tiene y aquí podría aprender algo. Tú le tendrías a la vista y a mí
me gustaría ver a alguien joven haciendo algo de provecho.
−Se lo diré pero no le veo yo
pasando hilos, con esas manos que miden medio metro, y quieto en una silla… En
fin, ya es tarde. Me voy, señor Esteban.
−Hasta mañana, Marcela, ve con
Dios. Y no te olvides de decírselo.
“Con esas manos, con esas manos,
de medio metro, ya quisiera yo agarrar esas manos, olerlas, morderlas,
chuparlas dedo a dedo… vaya con las manos del niño, solo con pensarlo me pongo…
pero a ese no le voy a ver yo el pelo, ni las manos, ni lo otro que no he visto.
No, ese no va a meterse en esta trampa, ese quiere volar…”
Se asoma a la ventana y ve que el
sol empieza a caer. Podría aprovechar una hora más de trabajo pero lleva ya
todo el día cosiendo y quiere salir antes de que sea de noche. Está listo en
dos minutos, impecable, un figurín, que decía su vecina Concha, hasta para ir a
la compra.
−Dame un filete como a mí me
gusta, muy tierno y muy fino, que no vea yo la sangre, cien gramos de lomo
embuchado y una lata de espárragos.
−Buena cena se está preparando,
señor Esteban. Por cierto, ayer estuvo hablando de usted mi tío Antonio, dijo
que eran amigos antes de que se fuera a Francia.
− ¿Está en Zamora?
−Sólo unos días para ver a la
abuela. ¿Quiere que le diga …?
−Para, para, que tendrá muchos
compromisos y al final aquí siempre acabamos encontrándonos.
El aire frío y seco le despeja el
alma. Con lo que él disfruta viendo trabajar al chico de la carnicería, esas
manos y esos hombros, tan anchos, tan fuertes… y que haya tenido que mentarle a
su tío.
“Y la verdad es que se le parece,
es clavadito a Antonio cuando tenía su edad, cuando éramos amigos, cuando
soñábamos juntos con irnos a París, París, París… tardes y tardes hablando de
lo mismo. A él le habían dicho que en Montmartre se juntaban los pintores. Su
sueño era pintar. El mío entrar en un taller de alta costura, conocer a los
grandes maestros franceses, tocar sus telas, sedas, terciopelos, cachemires,
gasas…colores y estampados nunca vistos, nunca tocados, nunca olidos…
Y mi otro sueño, estar con él,
reunirnos en la noche, contarnos nuestro día y entrelazar los cuerpos y los
sueños con la luz de París “la belle lumière”
Él iba a encargarse de comprar
los billetes, yo no tenía dinero, fui rapiñando lo de las propinas, las sisas
de la compra, y le añadí el sello de la comunión y una pulsera que mi madre
tenía en el fondo de un armario y que no se ponía nunca. Me dijo que él pondría
el resto. Preparé mi maleta, salí de madrugada… y ya se había ido.”
−Señor Esteban, que sean buenas
tardes.
−Buenas tardes doña Carmen, ni la
había visto, perdone usted el despiste.
−Andaba usted en las Batuecas.
−En París, doña Carmen, andaba
por París.
− ¿Conoce usted París?
−No señora, en mi vida he salido
de Zamora. Me libré de la mili por ser hijo de viuda. De joven, no se pudo, y
luego… esclavo de la sastrería. Como en galeras, ya ve usted.
−Y que no falte, señor Esteban.
−Y que no falte, doña Carmen. Por
cierto, dígale a su marido que pasado mañana puede pasar a probarse el abrigo.
Venga con él, si gusta, le va a sorprender lo elegante que está quedando.
“Le dije a mi madre que había
perdido el sello. Ella nunca dijo nada de la pulsera. Yo cosí día tras día, año
tras año. Y nunca vi París”
María Prieto
Móstoles, 11 de diciembre del 2022