Es muy difícil que nos juntemos
todas. Normalmente nos vemos dos o tres, como mucho. El viernes, sin ir más
lejos, íbamos nosotras dos, caminando lentamente por el carril que corre
paralelo a la playa. Hacía frío. Sacamos el gorro y los guantes que siempre van
en el bolsillo del abrigo, en el bolsillo grande de la izquierda, junto con la
mascarilla. En el de la derecha van el móvil y los auriculares.
─La única forma de sobrevivir es
organizarse, ¿qué sería de nosotras si no?
─Ya podemos organizarnos… Cuando
más tranquilas estamos, salta la liebre, pasa algo, hay que preparar comida o
salir corriendo. ¿De qué nos sirve tanta organización si luego la vida lleva su
curso y nos hace cambiar los planes?
─Pues para eso, para sobrevivir,
en nuestra lucha necesitamos tener la cabeza colocada.
─ Nuestra forma de luchar es muy
casera, se compone de platos en la mesa, mensajes de whatsapp y estar ahí
cuando hace falta… Mientras tengamos fuerzas hay que echar una mano… Anda, mira
quiénes están aquí, con el frío que hace…
─Tampoco hace tanto frío, si nos
quedamos quietas, así, cara al sol, y aprovechamos la energía. Necesitamos
parar, tiempo para estar a solas, para
meditar, nos sentimos llenas cuando algo nos llega al alma y nos ayuda a
entender la vida.
─Eso no sería necesario si tuviésemos
claras nuestras opciones, lo primero es acudir donde nos necesitan. Y crear
grupo, mover a otras mujeres.
─Pero con conciencia, no a lo
loco, sabiendo como estamos…
─Enfermas de miedo estamos a veces.
De miedo, de angustia, de agobio… Tomamos decisiones sin pensar en nosotras y
sin ver lo que nos estamos echando encima. Y las cabezas voltean y voltean
hasta que salta el cuerpo. ¿Cuántas veces dudamos entre tomar una pastilla o
echarnos a llorar un rato?
─Venga, vamos a sentarnos y a
aprovechar el sol que está saliendo. Es verdad que, a veces, nos ponemos al
límite, pero… ¿y la alegría de ver los resultados?
─ ¿Y la satisfacción de sentir
que podemos hacerlo, que tenemos fuerza y ovarios para tirar, que sabemos tomar
decisiones?
─Salvo cuando, una vez la
decisión casi casi tomada, empezamos a sacarle todos los inconvenientes, nos
sentimos mal y decidimos lo contrario. Nos ponemos solitas los palos en las
ruedas.
─Claro, porque intentamos
contentar a todo el mundo y nos cuesta asumir que nosotras no tenemos por qué
tener contento a nadie. Si nos quieren, bien, y si no, es su problema.
─Ya, pero asumir eso… a veces
parece que lo hemos conseguido, pero se queda un resquemor por dentro…
Cuando parece que estamos todas
aparece otra nueva. Saca un altavoz y pone música. Danzamos en la arena,
despacito al principio, después de forma loca. Entre risas y tropezones van
volando los gorros y los guantes. Cuando ya no nos llega el aliento, una a una,
nos vamos sentando en una tela verde estampada de elefantes blancos que le
habíamos comprado a un chico al comienzo del paseo. Apareció también un termo
de té y una botella de vino. El té muy caliente, el vino rojo y espeso.
─Si no fuéramos tantas…
─Todas imprescindibles y todas a
la greña. No sabemos ni cuántas somos… cuando creemos intuirlo, aparece una
nueva.
─Y, en el fondo, todas queremos
lo mismo, ser felices y disfrutar a tope de la vida que tenemos, que es
fantástica, no queremos otra, pero que a veces no disfrutamos por esa tensión
que nosotras mismas producimos.
Queremos ser felices y, como
mucho, conseguimos a veces, ser conscientes, no siempre y no siempre a tiempo.
Tranquilizando a la que nos mueve sin descanso, a la que todo lo tiene
previsto, a la que nos hace llegar mensajes confusos y enredados, a la que todo
lo ve color de rosa, a la daltónica, a la que siempre ve las pegas… a todas…
Ese es nuestro trabajo y esa es
nuestra riqueza. Bailar en ese corro de mujeres que se miran, los pies en la
arena, las manos que se agarran, el sonido del mar en sus oídos y la brisa en
la piel.
María
Prieto, Mostoles 31 de enero del 2023
Que bien escribes amiga y siempre en positivo. Un beso.
ResponderEliminarQuién eres, corazón?
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