La carta
─ ¿Tú me podrías escribir una
carta?
La Antonia se vuelve y mira a su
prima, adolescente, delgaducha, con trenzas largas de pelo sin brillo, atadas
con jiras de tela.
─ ¿Una carta? Para cartas estoy
yo… si no tienes nada que hacer ponte a aclarar que aquí hay faena para todo el
que venga. O tráeme un cántaro del pozo, anda, mujer, aunque sea de agua salobre, del pozo de la vecina, es
para aclarar.
─ Venga, te traigo el agua ─
poniéndose el cántaro en la cadera─ ¿y la nena?
─ Durmiendo y yo aprovechando
para lavar, vaya noche me ha dado, yo creo que no tengo leche, dicen que los
disgustos la cortan, porque bien que crie yo a sus hermanos que daba gloria verlos. Pero, claro, entonces
en mi casa había comida de sobra… y había lo más principal.
Los labios se contraen con tanta
fuerza que tiran del rostro y lo descomponen creando una máscara rígida, con la
mirada muy lejos de allí. Los brazos son los únicos que se mueven y retuercen
la ropa de forma mecánica.
─ Que digo, Antonia, que voy al
pozo de la Virgen y te la traigo dulce, que vas a aclarar mejor.
De camino al pozo, por la calle
empedrada, los cantos se le clavan en los pies a través de las alpargatas y el
calor del mediodía se cuela por el vestido de algodón. Al momento, otro vestido
de algodón, otro cántaro y otras alpargatas le dan alcance.
─ ¿Adónde vas con el frío que
hace?
─ ¡Serás tonta! Menudo susto que
me has metido. Voy a llevarle a mi prima Antonia un cántaro de agua que está
lavando.
─ Pues mira, le llevo yo otro y
así cascamos un poco por el camino.
─ Pues no veas la alegría que le
vas a dar.
─ Mejor que la pobre tenga alguna.
Vaya mala suerte su hombre. Se libra de ir a África por estar casado y se pilla
las viruelas.
─ Oye, ¿tú me escribirías una
carta?
─ Calla, que primero te tengo que
contar una que te vas a caer de espaldas… Ave María Purísima, el pozo vacío. Déjame
que llene yo primera el cántaro y así voy y vuelvo.
El calor del chisme hace olvidar
el de los pies ardiendo y el vestido sudado. Los cántaros tardan en llenarse,
pero, cuando el agua rebosa a la vez que las risas, la pregunta vuelve.
─ Vamos, Paulita, escríbeme esa
carta.
─ Tiempo habrá , que me voy
corriendo, Ascen, que como mi madre se despierte y no me encuentre en casa…
─ Pero si vas a llegar con el
cántaro lleno.
─ Pero no quiere que salga en la
hora de la siesta, que es cuando me gusta ir a mí. Hasta pronto señorita.
Las dos se dedican sendas
reverencias y las risas suenan claras como el agua.
La Antonia sigue restregando la
ropa en el tinajón del patio.
─ Ascen, hermosa, ya ha venido tu
amiga a traerme el otro cántaro, sois lo mejor del pueblo… acarreando agua a
estas horas, te diría que Dios te lo pague pero con ese señor no ando yo en
relaciones.
─ Calla y no digas barbaridades.
Me voy antes de que mi madre me eche de menos.
Desde el bolsillo el sobre
cerrado la está llamando. Lo acaricia de nuevo y comprueba que está bien
doblado, que no se va a perder ni nadie podrá verlo.
─ Ya puedes correr que he oído a
tu madre llamándote desde el patio. Qué harás en la calle a estas horas… Ya
podías cuidarte un poco que eres ya una mujer.
─ Vengo de echarle una mano a la
Antonia, señorita Angustias, y… ¿qué quería mi madre?
─ Que fueras a la tienda a por
algo de escabeche para la cena de tus hermanos. Y dile a la Antonia que a ver
si la vemos por la iglesia. Que a su marido le vendrían muy bien unos rosarios.
─ Señorita Angustias, ¿usted me
escribiría una carta?
─ No me digas que no sabes
escribir, si es que os crían como salvajes. Ya puedes correr que tu madre te va
a matar cuando llegues.
Aunque las piedras siguen
calientes el sol ya no quema como antes. Cuando entra en la tienda nota el
consuelo del fresco y se recrea en los mil aromas y colores que se entretejen:
el del esparto, el bacalao, las sardinas arenques, el bote inaccesible de los
caramelos…
─ Ponme un cuarto de escabeche ─
pide alargando el plato ─ y un papel de cartas, un sobre y un sello que valga
para América.
Antes que la tendera salga de su
asombro pone unas monedas sobre el mostrador y sale corriendo.
Como imaginaba, la escuela está
vacía. Se sienta en la mesa del maestro y coge un lápiz. Si otras pueden
hacerlo, ¿por qué no ella?
Escribe su nombre en el principio
del papel rayado, eso lo aprendió bien en la semana que fue a la escuela. Claro
y con su acento y todo, Ascensión. Y luego, apretando el lápiz con toda la
resolución de sus quince años, dos letras muy grandes que llenan la hoja: SÍ.
María
Prieto - Móstoles, 27 de marzo de 2023
Te quedas con ganas de más...
ResponderEliminarQué bonito relato. Y qué bien retratas la vida de los pueblos, parece que hubieras vivido en alguno, madrileña de pura cepa. Yo sí lo viví en mi infancia
ResponderEliminarNieves