lunes, 27 de marzo de 2023

LA CARTA

 

La carta

¿Tú me podrías escribir una carta?

La Antonia se vuelve y mira a su prima, adolescente, delgaducha, con trenzas largas de pelo sin brillo, atadas con jiras de tela.

─ ¿Una carta? Para cartas estoy yo… si no tienes nada que hacer ponte a aclarar que aquí hay faena para todo el que venga. O tráeme un cántaro del pozo, anda, mujer, aunque sea  de agua salobre, del pozo de la vecina, es para aclarar.

─ Venga, te traigo el agua ─ poniéndose el cántaro en la cadera─ ¿y la nena?

─ Durmiendo y yo aprovechando para lavar, vaya noche me ha dado, yo creo que no tengo leche, dicen que los disgustos la cortan, porque bien que crie yo a sus hermanos  que daba gloria verlos. Pero, claro, entonces en mi casa había comida de sobra… y había lo más principal.

Los labios se contraen con tanta fuerza que tiran del rostro y lo descomponen creando una máscara rígida, con la mirada muy lejos de allí. Los brazos son los únicos que se mueven y retuercen la ropa de forma mecánica.

─ Que digo, Antonia, que voy al pozo de la Virgen y te la traigo dulce, que vas a aclarar mejor.

De camino al pozo, por la calle empedrada, los cantos se le clavan en los pies a través de las alpargatas y el calor del mediodía se cuela por el vestido de algodón. Al momento, otro vestido de algodón, otro cántaro y otras alpargatas le dan alcance.

─ ¿Adónde vas con el frío que hace?

─ ¡Serás tonta! Menudo susto que me has metido. Voy a llevarle a mi prima Antonia un cántaro de agua que está lavando.

─ Pues mira, le llevo yo otro y así cascamos un poco por el camino.

─ Pues no veas la alegría que le vas a dar.

─ Mejor que la pobre tenga alguna. Vaya mala suerte su hombre. Se libra de ir a África por estar casado y se pilla las viruelas.

─ Oye, ¿tú me escribirías una carta?

─ Calla, que primero te tengo que contar una que te vas a caer de espaldas… Ave María Purísima, el pozo vacío. Déjame que llene yo primera el cántaro y así voy y vuelvo.

El calor del chisme hace olvidar el de los pies ardiendo y el vestido sudado. Los cántaros tardan en llenarse, pero, cuando el agua rebosa a la vez que las risas, la pregunta vuelve.

─ Vamos, Paulita, escríbeme esa carta.

─ Tiempo habrá , que me voy corriendo, Ascen, que como mi madre se despierte y no me encuentre en casa…

─ Pero si vas a llegar con el cántaro lleno.

─ Pero no quiere que salga en la hora de la siesta, que es cuando me gusta ir a mí. Hasta pronto señorita.

Las dos se dedican sendas reverencias y las risas suenan claras como el agua.

La Antonia sigue restregando la ropa en el tinajón del patio.

─ Ascen, hermosa, ya ha venido tu amiga a traerme el otro cántaro, sois lo mejor del pueblo… acarreando agua a estas horas, te diría que Dios te lo pague pero con ese señor no ando yo en relaciones.

─ Calla y no digas barbaridades. Me voy antes de que mi madre me eche de menos.

Desde el bolsillo el sobre cerrado la está llamando. Lo acaricia de nuevo y comprueba que está bien doblado, que no se va a perder ni nadie podrá verlo.

─ Ya puedes correr que he oído a tu madre llamándote desde el patio. Qué harás en la calle a estas horas… Ya podías cuidarte un poco que eres ya una mujer.

─ Vengo de echarle una mano a la Antonia, señorita Angustias, y… ¿qué quería mi madre?

─ Que fueras a la tienda a por algo de escabeche para la cena de tus hermanos. Y dile a la Antonia que a ver si la vemos por la iglesia. Que a su marido le vendrían muy bien unos rosarios.

─ Señorita Angustias, ¿usted me escribiría una carta?

─ No me digas que no sabes escribir, si es que os crían como salvajes. Ya puedes correr que tu madre te va a matar cuando llegues.

Aunque las piedras siguen calientes el sol ya no quema como antes. Cuando entra en la tienda nota el consuelo del fresco y se recrea en los mil aromas y colores que se entretejen: el del esparto, el bacalao, las sardinas arenques, el bote inaccesible de los caramelos…

─ Ponme un cuarto de escabeche ─ pide alargando el plato ─ y un papel de cartas, un sobre y un sello que valga para América.

Antes que la tendera salga de su asombro pone unas monedas sobre el mostrador y sale corriendo.

Como imaginaba, la escuela está vacía. Se sienta en la mesa del maestro y coge un lápiz. Si otras pueden hacerlo, ¿por qué no ella?

Escribe su nombre en el principio del papel rayado, eso lo aprendió bien en la semana que fue a la escuela. Claro y con su acento y todo, Ascensión. Y luego, apretando el lápiz con toda la resolución de sus quince años, dos letras muy grandes que llenan la hoja: SÍ.

 

                 María Prieto - Móstoles, 27 de marzo de 2023

2 comentarios:

  1. Te quedas con ganas de más...

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  2. Qué bonito relato. Y qué bien retratas la vida de los pueblos, parece que hubieras vivido en alguno, madrileña de pura cepa. Yo sí lo viví en mi infancia
    Nieves

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