viernes, 24 de noviembre de 2023

El baile

 

─ No te creas que no me he dado cuenta. Me has cogido los polvos y el carmín. Estoy por ir a contárselo a madre, tú no tienes todavía edad de esas cosas.

─ Venga, cuéntaselo, y de paso le dices que tienes carmín y polvos. Y también le cuentas de dónde has sacado el dinero para comprártelos. Juliana, te vas a hacer vieja de tanto gruñir.

─ No me toques las narices, mamarracho, que eres un mamarracho. Y a mí no te acerques en todo el baile ¿eh?, que no se te ocurra acercarte ni a mí ni a mis amigas. ¿Me has oído, Marcela?  No tengo intención de pasar la tarde cuidando crías.

El Salón de la tía Cristeta era el único baile del lugar. No siempre había sido así pero después de la guerra se cerró la Casa del Pueblo, que era el otro sitio al que se entraba gratis. Así que las bodas y los bailes  en invierno se celebraban allí.

Marcela llegó al recinto con sus amigas. El Quico todavía no había empezado a tocar el acordeón, aunque ya estaba sentado en la silla de la tarima . Las chicas se sentaron en un lugar estratégico desde el que podían controlar la puerta y sacaron los cucuruchos de las pipas. Esa sería la única consumición del día y, mientras las cáscaras se iban amontonando a sus pies, ellas vigilaban, a las chicas, casi todas mayores que ellas, que iban entrando y sentándose alrededor del local, y a los muchachos, que entrarían más tarde, en cuadrillas, y no se sentarían.

Los que “hablaban” con alguna chica iban derechos a buscarla, la sacaban a bailar y, si la cosa iba bien, intentaban llevarla a dar un paseo.

Marcela vio entrar a Lorenzo, siete años mayor que ella, moreno, guapo y consciente de serlo. Vio también el gesto de Juliana, como se enderezaba en la silla.

“Como una pava. Mírala. Pues este hombre no es para ti, hermanita, por mucho que te guste, a este lo quiero yo y de hoy no pasa que baile conmigo. Vamos, Loren, sácame a bailar. Aunque sólo sea por fastidiar a esa sosa, estúpida, que se cree mejor que nadie. ”

Lorenzo dejó caer una mirada todo alrededor del salón. Sabía que Juliana estaba esperando, pero iba a hacerla esperar otro poco, después de todo él no le había dicho nada. Los dos bajaron la mirada cuando sus ojos iban a cruzarse. A cambio, se encontró con otros ojos, inquietos y vivarachos, los de Marcela, que le miró fijamente y, como quien no quiere la cosa, se desabrochó el botón de arriba del vestido camisero y le dirigió una media sonrisa entre picarona e inocente que le hizo apartar la mirada de inmediato.

“No me lo creo, pero ¿qué hace esta cría?, bueno, ya no parece tan cría. Tiene buenas tetas, la jodía”. Se dirigió a la barra del bar donde estaban sus amigos tomando un vino.

Marcela se dio cuenta de que no iba a sacarla, tenía que hacer algo más. Se levantó y se dirigió a la barra.

─Loren, ¿me convidas a un vino? ─le dijo muy bajito, para que los amigos no escuchasen.

─A la entrada está el botijo, bebe todo lo que quieras.

A pesar de sus palabras, Marcela vio como los ojos se le fueron al escote y, sacando pecho, subió a la tarima.

─Escuchadme todos. Hoy es Santa Águeda. Y en el pueblo, en este día, mandamos las mujeres. Aunque sólo sea por una vez, vamos a ser nosotras las que elijamos pareja. Sólo este baile. Yo os doy ejemplo. Vamos Lorenzo.

        María Prieto                               Móstoles, 15/11/23

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