─ No te creas que no me he dado
cuenta. Me has cogido los polvos y el carmín. Estoy por ir a contárselo a
madre, tú no tienes todavía edad de esas cosas.
─ Venga, cuéntaselo, y de paso le
dices que tienes carmín y polvos. Y también le cuentas de dónde has sacado el
dinero para comprártelos. Juliana, te vas a hacer vieja de tanto gruñir.
─ No me toques las narices,
mamarracho, que eres un mamarracho. Y a mí no te acerques en todo el baile
¿eh?, que no se te ocurra acercarte ni a mí ni a mis amigas. ¿Me has oído,
Marcela? No tengo intención de pasar la
tarde cuidando crías.
El Salón de la tía Cristeta era
el único baile del lugar. No siempre había sido así pero después de la guerra
se cerró la Casa del Pueblo, que era el otro sitio al que se entraba gratis. Así
que las bodas y los bailes en invierno
se celebraban allí.
Marcela llegó al recinto con sus
amigas. El Quico todavía no había empezado a tocar el acordeón, aunque ya
estaba sentado en la silla de la tarima . Las chicas se sentaron en un lugar
estratégico desde el que podían controlar la puerta y sacaron los cucuruchos de
las pipas. Esa sería la única consumición del día y, mientras las cáscaras se
iban amontonando a sus pies, ellas vigilaban, a las chicas, casi todas mayores
que ellas, que iban entrando y sentándose alrededor del local, y a los
muchachos, que entrarían más tarde, en cuadrillas, y no se sentarían.
Los que “hablaban” con alguna
chica iban derechos a buscarla, la sacaban a bailar y, si la cosa iba bien,
intentaban llevarla a dar un paseo.
Marcela vio entrar a Lorenzo,
siete años mayor que ella, moreno, guapo y consciente de serlo. Vio también el
gesto de Juliana, como se enderezaba en la silla.
“Como una pava. Mírala. Pues este
hombre no es para ti, hermanita, por mucho que te guste, a este lo quiero yo y
de hoy no pasa que baile conmigo. Vamos, Loren, sácame a bailar. Aunque sólo
sea por fastidiar a esa sosa, estúpida, que se cree mejor que nadie. ”
Lorenzo dejó caer una mirada todo
alrededor del salón. Sabía que Juliana estaba esperando, pero iba a hacerla
esperar otro poco, después de todo él no le había dicho nada. Los dos bajaron
la mirada cuando sus ojos iban a cruzarse. A cambio, se encontró con otros
ojos, inquietos y vivarachos, los de Marcela, que le miró fijamente y, como
quien no quiere la cosa, se desabrochó el botón de arriba del vestido camisero
y le dirigió una media sonrisa entre picarona e inocente que le hizo apartar la
mirada de inmediato.
“No me lo creo, pero ¿qué hace
esta cría?, bueno, ya no parece tan cría. Tiene buenas tetas, la jodía”. Se
dirigió a la barra del bar donde estaban sus amigos tomando un vino.
Marcela se dio cuenta de que no
iba a sacarla, tenía que hacer algo más. Se levantó y se dirigió a la barra.
─Loren, ¿me convidas a un vino?
─le dijo muy bajito, para que los amigos no escuchasen.
─A la entrada está el botijo,
bebe todo lo que quieras.
A pesar de sus palabras, Marcela
vio como los ojos se le fueron al escote y, sacando pecho, subió a la tarima.
─Escuchadme todos. Hoy es Santa
Águeda. Y en el pueblo, en este día, mandamos las mujeres. Aunque sólo sea por
una vez, vamos a ser nosotras las que elijamos pareja. Sólo este baile. Yo os
doy ejemplo. Vamos Lorenzo.
María
Prieto Móstoles,
15/11/23
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