─ Buenas tardes, Paqui. ¿Puedo
pasar?
─ Buenas, señora Carmela. Espere,
no sé si debo preguntar a la señora… Mejor pase, están aquí varios vecinos.
Mire, ahí detrás hay una silla, estará cómoda…
─ Tranquila, Paqui, sé cuál es mi
sitio.
Claro que sé cuál es mi sitio, he
tenido muchos años para aprenderlo. Virgen Santísima, Fernando, verte donde te
veo y no poder llorarte. Siento el dolor por dentro como los arañazos de una
fiera, me devora y no puedo gritar, me mata y tengo que volver el cuerpo piedra
para no tirarme al ataúd, quitarte esos trapos ridículos con los que te han
envuelto y abrazarme a tu pecho, dar mi calor a tu carne helada, como he hecho
tantas veces. Esas tardes de invierno que entrabas en mi casa, con tu llave,
para que no te viera ningún vecino, abrazabas a los niños, jugabas con ellos un
rato y luego les dabas dinero para el cine, o para el circo, y para castañas
asadas. “Tenemos dos horas, Carmela, para los dos”. Y me llevabas en brazos a
la cama, decías que para desquitarte del frío que hacía en la calle. En esas
horas yo era la reina y la portería nuestro reino. Allí dentro no faltaba de
nada, tú encargabas la comida, la ropa, el carbón… Pagabas los mejores
colegios, las clases particulares que hicieran falta, nuestros hijos tenían tu
apellido por delante del mío pero sólo dentro de la portería te podían llamar
padre.
Has sido mi único amor, Fernando,
desde que siendo una cría llegué aquí con mi madre viuda, huyendo del hambre
del pueblo. Era una cría pero llegué tarde, tú estabas ya casado y con tus
hijos pequeños. Los siguientes los tuviste conmigo…
Creo que el café que están
sirviendo me vendrá bien.
─ Paqui, ponme uno con leche, por
favor.
─ Sírveme uno solo y sacad las
pastas.
Por Dios, Fernando, por Dios, en
vida me has hecho de todo y todo lo he callado, pero esto, morirte antes que
yo, dejarme este embolado de familia que es una locura… siempre pensé que
moriría yo antes y que ya te las arreglarías tú para ordenar las dos casas, la
nuestra y la de abajo. Nunca pensé que tendría que verme en un velatorio lleno
de gente pero en el que, a la postre, estamos ella y yo. Y supongo que tendré
que verla en una notaría, porque tú has hecho bien las cosas y no les vas a
dejar desamparados. Ya me dijiste una vez que sus hijos eran igual de tuyos que
los míos y que no pensabas hacer distinciones. Fue nuestra única conversación
sobre el tema.
Todo lo has hecho bien, Fernando,
todo salvo casarte conmigo, cuando sabías que no estabas enamorado de mí, que
lo hacías por lealtad a nuestras familias, y que yo no sabía en qué consistía
aquello. Mi idea del matrimonio era dirigir al servicio, cuidar la imagen de mi
familia y cumplir mis deberes conyugales. Todo funcionó bien los primeros años.
Nacieron nuestros hijos y, cuando me di cuenta,
habías dejado de buscarme, es más, te fuiste al otro cuarto alegando respeto
por mi cuerpo exhausto tras los embarazos. Y yo me lo creí y, ya ves, muy
agradecida, a mí los deberes conyugales me gustaban menos todavía que los del
colegio y mi confesor me eximió de culpa.
Y cuando, poco a poco, me enteré
de lo que pasaba, mi confesor me dijo que no montara escándalos, por el bien de
todos. Así que recogí los cascotes y construí
alrededor de mi casa una muralla, Fernando, para no ver lo que pasaba
fuera.
María
Prieto Móstoles,
10/12/2023
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